Archive for the ‘Salud’ Category

Otoño, esa extraña sensación

No me gusta esta época del año. Nada. No soporto que no haga ni frío ni calor, que no pueda dejar el paraguas en casa y que tampoco lo use a pesar de tener que llevarlo a todas horas en el bolso. No soporto que se haga de noche cuando son las siete de la tarde (e incluso antes) ni que el cielo siempre esté gris y amenace lluvia permanentemente.

No soporto la sensación que me invade ni que me apetezca quedarme en casa porque siempre parece que hace frío, llueve y el viento seguro que me moja el abrigo (nuevo). Porque pasarán 50 años y todavía no sabré llevar el paraguas en condiciones, como si acabase de aterrizar recién llegada de Almería (donde yo calculo que llueve poco, poquísimo).

No soporto que falte tan poco para el invierno y tengamos que pasar por esa interminable caída de hojas marrones, que crujen a tu paso cuando te desvías para, siendo pequeña, aplastarlas un poco más y hacer ruido. Supongo que le pasa a mucha gente: antes que tanto me divertían, ahora me produce tristeza infinita verlas en el suelo, tiradas esperando.

Quizá otros otoños fueron distintos. Quizá es que éste estoy cansada de esperar cosas que no llegan. Que si empeora, que si mejora, que si quiero pero ahora no puedo, que si paso, que si no paso, que si tonta por qué te preocupas, que si espera, que si sigue esperando, que si no esperes, que si busca algo nuevo, que si quédate con lo que ya conoces, que si esto, que si aquello… Que si bah, son tonterías.

Que alguien recoja todo este otoño y se lo lleve lejos. Ya. No lo soporto.

otoño

Cuerpo y mente

Me encanta ir al gimnasio. Lo reconozco, gran parte de culpa la tienen mi entrenador personal y la camiseta XS que tiene que llevar todos los días para demostrarnos que lo de machacarse horas y horas sí funciona y, desde luego, merece la pena.

Yo soy mujer acuática pero una parada técnica en mi piscina me obligó a plantearme mi rutina física diaria. Claro, también podría quedarme en casa un mes sin mover un músculo, pero mi Pepito Grillo me lo haría pagar. Asi que decidí dar una oportunidad a la planta de arriba de mi instalación deportiva. ¡Y qué alegría!

El otro día Gatofritz me comentaba una teoría que tiene sobre cierta gente que va a los gimnasios. Decía él que está convencido de que los musculosos y fornidos especímenes que ves a diario son gente contratada por el propio gimnasio. No puede ser que nadie se machaque cinco horas seguidas y mucho menos que esté siempre, vayas a la hora que vayas.

Estoy empezando a verlo yo también. En mi gimnasio hay muchos en la zona de pesas –que no frecuento aún–, pero en los aparatos y máquinas también. Yo los llamo Los de Rojo, La Chica y El Señor.Vaya a la hora que vaya allí están, usando todas las máquinas posibles y levantando chismes de 60kilos.

Los de Rojo son dos. Uno con camiseta roja y otro con camiseta roja y playeros rojos. Todos los días. Misma rutina: esta máquina, descanso 20segundos, otra serie, oye me dejas hacer una serie, otra serie, otra máquina, descanso 20segundos, perdona pero me vuelves a dejar hacer una serie… Al ser dos la cosa se complica.

El Señor es casi un ídolo. Levanta más peso que Los de Rojo, pero también es verdad que descansa más entre las series. Y usa exactamente las mismas máquinas que yo. Lo que me llevaría a pensar que en pocos (o muchos) meses estaría como él sino fuera porque mi entrenador personal ya me explicó que son los ejercicios básicos que en realidad, si me fijo, hace todo el mundo.

La Chica –por supuesto hay más mujeres– es una máquina en sí misma. Yo hasta creo que su trabajo es ir al gimnasio, a probar y probar y tensar y destensar y repetir y repetir. Curioso empleo. Cuando más coincido es mientras espero entre mis tres tristes series de la máquina esa que ejercita noséqué músculos (ah, claro, es que yo soy La Nueva) de la pierna, que ella está con las poleas que, según mi entrenador, valen para muchas cosas.

Reconozco que es más divertido de lo que pensaba y ya casi no pienso en la hora y media de sueño que perdí de dormir cada mañana.Aunque lo que menos me gusta es que cada vez que salgo me queda la cara como si volviese de la Tomatina de Buñol y esa maldita máquina que me dice que después de 20minutos sólo conseguí quemar 400calorías. Dice mi entrenador personal (que es el mío y también el de todo el gimnasio) que tengo que empezar así para coger el ritmo, que lo estoy haciendo muy bien.

Lo que pasa que a mi siempre se me ocurren otras maneras de quemar calorías con él que, claro, no entran en sus servicios como entrenador personal. Una pena 😉

Gripe no bienvenida

Mientras esta entrada permanecía en borrador, Manolo Saco parece haber sintonizado con mis reflexiones sobre la gripe A:

Dicen los expertos de la OMS que la gripe A será una pandemia con la llegada del frío. No sé a cuantos de nosotros se llevará a la cama (hum…) o al otro barrio, pero intuyo que va a cambiar muchas de nuestras costumbres. Me cuentan que en Asturias ya están tomándose muy en serio el hecho de no compartir vaso de sidra en grupo, como se hacía hasta ahora, tradición que tengo clasificada entre las costumbres bárbaras de los españoles, como la fiesta de los toros y festejos en que se torturan animales, como las de las cacas de los perros y los esputos verdes en las aceras, como la de tirar todo tipo de cáscaras y desperdicios al suelo de los bares y cines. Lo de compartir las babas con los demás en las sidrerías hizo que, en mis incursiones por tierra tan hermosa, me hiciese abstemio (falso abstemio, pues la sidra natural me parece una joya gastronómica). Y nunca llegué a creerme que el famoso “culín” que se tira al suelo pueda limpiar ni por asomo los restos orgánicos que toda una peña va acumulando en el fondo del vaso, entre risas y brindis.

Las portadas con los besos de Trinidad Jiménez durante su comparecencia lo decían todo. Las medidas higiénicas para evitar un contagio masivo de la Gripe A en nuestro país harán que el españolismo las pase canutas. Porque si algo somos, es besucones; no me lo nieguen.

Si bien no parece que la Gripe A vaya a ser la peste del siglo XXI, existe una epidemia mucho peor en nuestra nación que, combinada con el nuevo virus, puede hacernos la puñeta durante todo el invierno: la falta de civismo.

Porque al paisano que te ofrece una buena ducha mediante estornudo sin mano delante, poco le vas a explicar sobre lavarse las manos siguiendo un exhaustivo patrón en forma de cuadrícula. Les apuesto a que no consiguen localizar a ningún ciudadano que haya sustituido el saludo español por el japonés desde la comparecencia de Trini.

Winter is comming

Tal vez la gripe llegue a suponer un verdadero trastorno para la sociedad una vez llegue el frío. De ser así, me pregunto que impacto tendrá en nuestros modales y costumbres la llegada de este superbicho. Por supuesto, muchos consideran mucho peor que el virus una posible (y probable) histeria colectiva. Sin embargo, las advertencias sanitarias están ahí,  no creo que sea prudente desoirlas. Un servidor tiene grupos de riesgo en casa; así que bromas las justas, que ya me compré la escafandra por eBay.

Si quieren ir todavía más lejos, he aquí a Michael Arrington en toda su gloria: Hand shaking is so medieval. Let’s end it.

Busco nervios de acero

sangreA estas alturas muchos ya sabréis que no me gusta nada sacar sangre. El pasado viernes lo hice, una vez más sin cualquier esperanza de que mi encuentro con la aguja fuese agradable. Una vez más, tenía razón. Pero en esta ocasión todo empezó (y terminó) de una forma muy distinta a la habitual.

La pasada semana acudí a la consulta de mi médico de cabecera porque mi novio me puso como condición para dibujarme un tatuaje que me examinasen unos lunares situados cerca de la zona que quiero tatuar. Además, tenía que hacerme una analítica L  Mi sorpresa llegó cuando la médica lo mezcló todo. Me miró los lunares y me dijo que eran normales pero que ni se me ocurriese tatuarlos (¿podría ser tan tonta?) y luego me dijo que me daba el volante para una analítica normal PERO que si me decidía a llevar adelante lo del tattoo que volviese por la consulta para que me recomendase una analítica diferente. Hasta aquí todo (relativamente) normal. Todo, menos el tono crítico de la médica. Comprendo que es su deber alertarme para los peligros de hacerme un tatuaje. Pero no es su trabajo valorar la decisión. “Si decides hacerlo….si fuese mi cuerpo yo jamás lo haría…”. Ya, pero no lo es…ni la decisión ni el cuerpo. Desconocía la existencia de objetores de conciencia hacia los tatuajes.

Estoy casi segura de que lo que pasó después fue un castigo. No sé si divino o médico, pero castigo. Que una tenga que levantarse a las 7.30 horas estando de vacaciones es duro. Que sea para que te saquen sangre es peor todavía. A las 08.00 horas estaba en el centro médico -no es que haya decidido no seguir adelante con el tatuaje sino que esperaré unos meses a que se guarde el sol- con sueño, en ayunas y con miedo…mucho miedo.

Cuando llamaron el número 14 me sentí como una vaca en el matadero. Sí, ya lo sé, soy un poco exagerada. Allá fui. Me senté, apoyé el brazo en la mesa y miré hacia otro lado. Pude escuchar “no la encuentro, no encuentro la vena”. Hasta que la encontró, pero al pinchar la perdió, por lo que hurgó en mi brazo hasta que lo decidió dejarlo. La enfermera llamó a su compañera, pero solo después de pincharme una vez más. A la compañera le di el otro brazo. Me puse aún más nerviosa. Pichó y hurgó. Nada. “Ven a mí consulta” me dijo…y yo ya la oí como si estuviese muuuuuuuuy lejos. Cogí mis cosas y fui, sin apenas fuerza para moverme. Ya en la consulta la enfermera miró y miró y llamó a una tercera compañera.

Y la compañera miró, buscó, tocó, volvió a mirar a tocar…y al final pinchó. ¿Lo adivinais? Volvió a fallar la vena, pero esta vez me dolió tanto que ya no pude ocultar el sufrimiento. Y la tía va y me dice “So no encontramos vena en el brazo, vamos directas a la yugular”. La miré asustada y le dije “dime por favor que no es verdad” y ella me contestó “¡No mujer! Es una broma, para que te relajes!”.  Hay que joderse con la bromita!!!!

Mis dos brazos chorreaban sangre… vale, igual exagero otra vez… y la tía esta con bromitas en plan humor negro…que a mí me gusta, pero no a mi costa. La decisión final fue innovadora. Buscaron una vena en la mano, me relajé y al final me sacaron la dichosa sangre.

¿Entendéis ahora lo del castigo? Estoy segura de que me mi médica pensó “¿¿¿Quieres tatuaje??? ¡¡¡¡¡Toma agujas!!!!!”.

Sigo odiando sacar sangre, pero estoy casi segura de que para mi cumple me haré el tatuaje. Es una de esas cosas que quiero hacer antes de los 30. Puede incluso que así le pierda el miedo a las agujas. Puede que solo empeore la cosa.

En noviembre os pongo al corriente.

Bajar los brazos

Reconozco que poca gente me tomó en serio cuando dije que iba a Ibiza a un seminario (encuentro con periodistas) sobre depresión. Varios días después de volver, me doy cuenta (en realidad ya allí) de lo alarmante de los datos y de lo poco que se conoce la enfermedad. Menos mal que ni el hotel de cinco estrellas, ni la bañera de hidromasaje ni el paradisíaco clima ibicenco nublaron mi capacidad periodística. Sea la que sea.

Estábamos invitados por el grupo Lundbeck (con sede en Copenhague y central española en Barcelona) que, básicamente, nos explicó que la mitad de la gente que tiene depresión ahora mismo volverá a recaer aunque se recupere. En España una de cada seis personas sufre depresión. Eso que lo sepa, que lo haya admitido y que lo tenga diagnosticado por el médico. Del encuentro también sacamos en claro que la recaída será del 70-80% en caso de tratarse de un tercer episodio y que todas las personas que han sufrido más de tres episodios tienen ya un 90% de posibilidades de recaer. Vamos, depresivos crónicos.

Sólo el 10% de los pacientes recibe el tratamiento adecuado y las mujeres son las más afectadas por lo que se conoce depresión mayor (un 14% frentre a un 6 con algo%). Los hombres, por lo general (no lo digo yo, lo dicen los datos) recurren a la ingesta de sustancias más agresivas porque, también por lo general, tienen tendencia a pensar que es cosa de mujeres, es una enfermedad que no es una enfermedad (“de los débiles” decía alguien que yo conozco) y sobre todo, de mujeres otra vez.

Más cosas: la carga económica en España asciende a 5.000 millones de euros anuales. De esa cantidad, sólo el 9% corresponden al tratamiento con fármacos. Alucinante. Y luego, las cifras de siempre: que el 60% de los pacientes no toma los medicamentos como se los prescibrió el médico, que  cuando mejora interrumpe el tratamiento y que, en la mayoría de los casos, es algo que se oculta. Nadie quiere tener que pasar por el mal trago de decir “tengo depresión” o “voy al psiquiatra”. Los expertos del seminario siempre lo comparaban con una diabetes o un problema de corazón, diciendo que la enfermedad puede llegar a ser igual de crónica que la primera y tan grave como el segundo.

Además se trató muy de puntillas el tema del suicidio, consecuencia última de muchos pacientes que la padecen. Y, para alucinar, cada 4,9 días se suicida alguien en Baleares (datos de allí, que para eso estábamos allí, dijo el experto) siendo el ahorcamiento el método más elegido a la hora de poner fin a un sufrimiento.

Yo no sé mucho de la depresión. Conozco algunas personas que han sido diagnosticadas con casos crónicos y/o episodios, y seguro que hay más que la padecen sin que yo lo sepa. Sin embargo, me ha tocado de cerca. Cuando era más pequeña, y no llegaba a entender que alguien pudiese pasarse todo el día en la cama llorando. Ahora lo entiendo: lo que no podía hacer esa persona era levantarse y afrontar lo que el día tenía que ponerle por delante.

Esta semana he recordado por qué es una enfermedad injusta y por qué la mayoría de la gente cree que sólo eres un débil cuando no puedes superar según qué situaciones. En ese momento no tienes fuerzas para contestarle a nadie: bajas los brazos, te callas y te recompones si es que puedes. Lo importante es intentarlo. Mejor dicho, saber por dónde empezar. ¡Qué complicado!