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Pobre Miguel

Qué le estará pasando al probe Miguel

que hace mucho tiempo que no sale

La canción decía algo así, creo. Nunca me gustó pero el domingo en el Carlos Tartiere me acordé de ella. Bueno, me volví a acordar de ella porque desde que empezó la temporada no hago más que tararear ese trozo precisamente.

Miguel Ángel López Cedrón, Miguel en lo futbolístico, es el delantero del Real Oviedo. Llegó este año procedente del Elche y tiene la difícil tarea de hacernos olvidar a Diego Cervero, Cervegol en la grada ultra, que tantas buenas tardes nos hizo pasar. Por casta más que otra cosa, porque todos sabemos –él mismo lo dijo– que tiene sus limitaciones con y sin balón y en esta categoría quizá no hubiera sido el referente azul que todos necesitamos. Y que debe ser Miguel, que jugó en Primera (al otro lado del Piles) y sabe lo que es la competición, el buen fútbol y las tardes de gloria. Cada vez que sale su nombre en redacción, uno de mis compañeros se quiere subir por las paredes porque no le entra en la cabeza que alguien pueda echar de menos a Cervero. “Que este jugó en Primera, Ainho”, me dice siempre.

Pero Cervero era el ídolo de la afición. Supongo que los habrá, pero yo no conozco ningún aficionado al que no le gustase. Corría por ahí (tol tiempo atravesao, quizá) y rebañaba balones pa intentar lo impensable. Por intentarlo que no quedase, esa parecía ser su máxima en el terreno de juego. No sé si con más o menos acierto, con más o menos calidad… Me se entiende, espero.

Miguel es mejor futbolista. Juega por arriba como nadie y es un gran delantero. A mi me gusta PERO (es que es un pero muy grande) todavía no me convence con la elástica oviedista. Y lo que hizo el domingo estuvo feo. Es verdad que metió el gol del empate, es verdad que está demostrando lo bien que va de cabeza y es verdad que no se queda estático (ni tampoco va buscando todos los balones) en el área pequeña. Pero no puede enfadarse porque la grada recuerde a Cervero –los aficionados culpan al ConsejoDimisión de que no siga con nosotros, porque quería renovar dos años y la directiva sólo daba uno– de vez en cuando. No es su guerra, debería de pasar.

El del domingo frente al Alcorcón fue un partido raro. El gol del equipo visitante fue un churro que nos tuvo contra las cuerdas gran parte del partido. Yo estoy en la grada ultra –que es  muy grande. Lo que significa que de ultra ya tengo lo justo. Es decir, una camiseta y una bufanda– pero ya no me considero tal. Se me pasó la época. Ahora me dedico a comer pipas, gritar alguna vez cuando no ven al desmarcado y, sobre todo, aplaudir. Yo no canto. Tampoco en el Oviedo. Procuro no silbar a los jugadores porque me parece que así no les ayudamos y eso que el domingo algunos lo hicieron mal. Muy mal. Y la gente les pitaba.

Justo cuando el equipo se quedó con 10 (tras la expulsión de Armando Invernón, mi guapo oficial) empezó a jugar mejor. Cosas que pasan. Entró Iván Ania –un casi-histórico– y la cosa mejoró. Consiguieron el gol del empate gracias a un soberbio Miguel que, sin embargo, no estuvo a la altura en la celebración. Vale que igual lo achaque a la falta de tiempo y la gana de intentar conseguir los tres puntos. Pero no es normal que metas un gol y lo primero que hagas sea enseñarle a la grada ultra que eres tú quien lleva el 9. Y luego, ni lo celebres con ellos ni les pidas ánimo ni nada de nada.

Yo me siento ahí pero a mi me gusta Miguel y no me dejó celebrar el segundo punto de la categoría como me merezco porque me confundió con esa gente que le recuerda que no es Diego Cervero. Mal. Esta guerra no era la suya y de repente cogió una espada y parece que se unió al enemigo. Miguel, macho, estás llamado a ser Miguel I, Príncipe de la Reconquista y ahora estás en el bando contrario, compañero.


Cuerpo y mente

Me encanta ir al gimnasio. Lo reconozco, gran parte de culpa la tienen mi entrenador personal y la camiseta XS que tiene que llevar todos los días para demostrarnos que lo de machacarse horas y horas sí funciona y, desde luego, merece la pena.

Yo soy mujer acuática pero una parada técnica en mi piscina me obligó a plantearme mi rutina física diaria. Claro, también podría quedarme en casa un mes sin mover un músculo, pero mi Pepito Grillo me lo haría pagar. Asi que decidí dar una oportunidad a la planta de arriba de mi instalación deportiva. ¡Y qué alegría!

El otro día Gatofritz me comentaba una teoría que tiene sobre cierta gente que va a los gimnasios. Decía él que está convencido de que los musculosos y fornidos especímenes que ves a diario son gente contratada por el propio gimnasio. No puede ser que nadie se machaque cinco horas seguidas y mucho menos que esté siempre, vayas a la hora que vayas.

Estoy empezando a verlo yo también. En mi gimnasio hay muchos en la zona de pesas –que no frecuento aún–, pero en los aparatos y máquinas también. Yo los llamo Los de Rojo, La Chica y El Señor.Vaya a la hora que vaya allí están, usando todas las máquinas posibles y levantando chismes de 60kilos.

Los de Rojo son dos. Uno con camiseta roja y otro con camiseta roja y playeros rojos. Todos los días. Misma rutina: esta máquina, descanso 20segundos, otra serie, oye me dejas hacer una serie, otra serie, otra máquina, descanso 20segundos, perdona pero me vuelves a dejar hacer una serie… Al ser dos la cosa se complica.

El Señor es casi un ídolo. Levanta más peso que Los de Rojo, pero también es verdad que descansa más entre las series. Y usa exactamente las mismas máquinas que yo. Lo que me llevaría a pensar que en pocos (o muchos) meses estaría como él sino fuera porque mi entrenador personal ya me explicó que son los ejercicios básicos que en realidad, si me fijo, hace todo el mundo.

La Chica –por supuesto hay más mujeres– es una máquina en sí misma. Yo hasta creo que su trabajo es ir al gimnasio, a probar y probar y tensar y destensar y repetir y repetir. Curioso empleo. Cuando más coincido es mientras espero entre mis tres tristes series de la máquina esa que ejercita noséqué músculos (ah, claro, es que yo soy La Nueva) de la pierna, que ella está con las poleas que, según mi entrenador, valen para muchas cosas.

Reconozco que es más divertido de lo que pensaba y ya casi no pienso en la hora y media de sueño que perdí de dormir cada mañana.Aunque lo que menos me gusta es que cada vez que salgo me queda la cara como si volviese de la Tomatina de Buñol y esa maldita máquina que me dice que después de 20minutos sólo conseguí quemar 400calorías. Dice mi entrenador personal (que es el mío y también el de todo el gimnasio) que tengo que empezar así para coger el ritmo, que lo estoy haciendo muy bien.

Lo que pasa que a mi siempre se me ocurren otras maneras de quemar calorías con él que, claro, no entran en sus servicios como entrenador personal. Una pena 😉

Piernas piernas, que es lo que les jode

champion 

Alberto Contador es el gran ganador de este Tour 2009. Ha llegado a la ronda gala cuestionado, sin sus gregarios y remando contra viento y marea. Se ha impuesto como los mejores, desde la bici, sin hablar de más. Como un crack. Normal, estaba como un obús y así lo ha demostrado en toda la carrera. Ha machacado tiempos y destrozado a los rivales en las contras, cuando no es especialista. Y todo con medio equipo en contra.

Sólo por atreverse a ser el mejor el año en el que Lance Armstrong, que ya tiene siete, ha decidido volver a subirse a la bicicleta para demostrar no sé muy bien el qué. Que sólo se alimenta de pasta, que va limpio, que la EPO no era suya… ¡qué sé yo!

Alberto y Lance se llevan mal. El americano es perro viejo y se las sabe todas: desde que empezó el Tour estuvo mosqueado y prueba de ello es su cuenta de Twitter (que servidora sigue sólo para fastidiar), en la que no dejaba de mandarle recaditos a AC, como él le llama. Luego están esas zorrerías de las que nos enteramos: que critica a su compañero el día que se pone líder, que no le felicita cuando gana porque dejó atrás a otro del equipo, apuesta personal de Lance… Y algún día alguien debería de contarnos esas de las que no nos enteramos. No entiendo que alguien que ya tiene 7 se dedique a quejarse y llorar por las esquinas porque un compañero (líder de la carrera) no espera a otro que no podía (ese día) ni con el carnet de identidad.

Esos líderes contra viento y marea son los que gustan. Los gregarios de Alberto (entre ellos Benjamín Noval, otro fuera de serie) levantaron la liebre y terminaron como yo: viendo la carrera desde el sofá de su casa. Una vergüenza. Pero Alberto, porque todos le sentimos como alguien de casa que pelea contra el mundo, ha podido con todos. ¡Qué crack!

La primera semana fue más bien aburrida. Los sprinters fueron sólo uno (Gran Cavendish) y tuvimos que esperar muchos kilómetros hasta llegar al tomate. Recuerdo que ese día (domingo) estaba emocionadísima en el sofá y quería hasta pedalear con Alberto. Ese día Contador ya durmió de amarillo, a pesar de que la etapa reina no sería hasta jornadas después, tras un merecido descanso de lunes.

En esta segunda semana, en la que también tuvimos la movida del pinganillo, como coprotagonistas se alzaron los hermanos Schleck, Andi y Frank, que dice un compañero mio que son las únicas dos bicicletas profesionales de su Luxemburgo. No se han subido juntos al podio de pura casualidad. O más bien por falta de estrategia. Hubiera sido la hostia, los dos hermanos ahí acompañando a nuestro líder.

Cuando se enfundó la amarilla el Tour de verdad acabó. El día que se hizo líder, que atacó por sorpresa y desde abajo, como duele, su gran compañero Lance aprovechó para presentar al equipo con que aspira a ganar su octavo Tour el año que viene. Mira qué bien, y nosotros preocupados. Alberto es el presente y el futuro de esta ronda (y no lo digo yo, lo dicen Perico y Carlos de Andrés cada tarde en Teledeporte. Porque ver Tve1 o La2 es un martirio) y puede, de momento, con lo que le echen.

Está claro que el ciclismo no es lo que era y que nunca va a recuperarse. Que aquellas tardes gloriosas en que retrasabas la playa y hacías la digestión según la hora a la que llegaban al Tourmalet ya no van a volver. Y es una pena, porque yo no entendía nada pero me encantaba ver cómo daban pedal por encima de todo. Este año, antes de llegar al mítico Ventoux (con triunfo de un español a un día de entrar en París), ya llevaban 3.300 kilómetros en las piernas. Jabatos. Nunca a ser lo mismo, pero por lo menos este año hemos tenido espectáculo, emoción, berrinches impropios y grandes escapadas. Y un líder como dios manda. Y de los nuestros, que es algo que siempre revienta al otro lado de los Pirineos.

Aprovecho la futura presencia (por favor, alguien tiene que escribir de eso) de Pantoja en Oviedo para recordar aquella gran frase que hoy, con su permiso, adapto al Gran Contador: “Tú piernas, piernas, que es lo que les jode” .

Alberto, ¡gracias! Ahora, a preparar el tercero.

Rueda continua

El abandono es unintencionado. A mi me gustaría escribir de muchas cosas, pero sólo se me ocurren maldades impublicables (es el calor).

Próximamente habrá un post sobre el Tour, la ronda gala está sacando lo mejor y lo peor de cada uno. Eso no se puede dejar pasar. Cuando la serpiente multicolor llegue a mejores puertos prometo pasarme por aquí. Pero primero tengo que bajarme de la bici.

“Salud y muchos espaguetis para el camino”

Me no entender

Foto: Fernando Robles

Foto: Fernando Robles

Oviedo se volcó ayer con las celebraciones del ascenso. 3.000 personas en el ayuntamiento, esperando que Diego Cervero & company confirmasen lo que todos queremos pensar: que jamás vamos a volver al infierno de Tercera. Que hemos dejado atrás los barrizales pero también la aplastante superioridad con la que nos deleitábamos cada domingo en el Tartiere. Donde precisamente el alcalde de la ciudad se atrevió a recibir a los jugadores como “héroes”. Que se guarde sus palabras. Yo, ovetense y oviedista, ni perdono ni olvido.

Por eso no entiendo la reacción de algunos jugadores que además, cosas del dios fútbol, ni siquiera son asturianos. Me parece una sobrada –y pasarse cuatro pueblos– agarrar el micro en el balcón del ayuntamiento para insultar al eterno rival, al presidente del Principado, a Gijón entera, a la TPA… ¿Por qué? ¿Creerán que es el sentir de todo el oviedismo? Porque si es así, a mi no me representa. Y bien que pago mi abono, la pasta para el partido de play off y todo el merchandising que me permite el bolsillo. Y me alegro del ascenso.

Dudo mucho que nadie en Gijón se acordase de nosotros el día que quedaron en Primera. Yo no me alegro de su permanencia, pero sinceramente me da igual lo que les pase. No quiero que arda el Molinón con todos los aficionados dentro porque, otra vez, conozco gente del Sporting que me cae bien y que  me gusta ver con una sonrisa en la boca cuando el equipo gana. Y sé que no soy la única. Mucha gente se deja la piel en el campo y jamás tiene una palabra contra el eterno rival, y mira que los ultras se pasan horas y horas clamando contra ellos. No merece la pena. ¿Cuándo aprenderemos a ir sólo a lo nuestro? ¿Por qué voy a gastarme un dineral en una bufanda que insulte a Gijón y lleve sus colores si yo lo que quiero es llevar los mios?

Reconozco que no siempre ha sido así, pero supongo que a eso se le llama madurar. Cuando era más pequeña mi vena ultra se dejaba notar, pero ha perdido la gracia. ¿Seré menos del Oviedo si no odio Gijón? Diego Cervero, símbolo de oviedismo por su compromiso y entrega, dijo más usando mejores palabras. Señor Areces, no se olvide de que nosotros también existimos. ¡Y ya está, con eso vale!

Cosas como las que casi empañan las celebraciones de ayer sólo sirven para que los que amamos el fútbol por encima de muchas cosas tengamos que seguir defendiéndolo de quienes dicen que es un engañabobos, que sólo vale para tenermos entretenidos mientras el perverso de ZP nos lleva a la ruina (esto me lo han dicho literal, cambiando perverso por otra palabra bastante peor) y para seguir justificando porqué nos encanta ver, cada domingo, sábado y martes y miércoles (“¿a qué hora es la Champions”?) a 11 tíos en pantalón corto dando patadas a un balón.

Y el fútbol es mucho más que eso. Dicen que es una locura, pero es pasión…

Las manos al cielo

Leí a Samano en El País decir que el Barça jugaba con una orquesta bien afinada. No entiendo mucho de música, pero sí algo de fútbol. Y sí, es probable que el juego del Barcelona este año se parezca a una sinfonía de violoncelos, flautas, clarinetes y timbales, bien tocados.

Pero esta comparación me resulta muy racional, muy “de la mente”. Yo el fútbol, desde pequeña, como me enseñaron en mi casa, lo vivo más con el alma. Y es que no puedo explicar, de forma racional, mi manera de comportarme el día 6 de mayo. Lloré de desesperación, en público, sin importarme el que dirán. Grité, me cabreé, insulté mirando un televisor. Luego lloré de alegría, corrí, salté, me abracé, besé, abandonando cualquier rastro de saber estar, olvidando la vergüenza y mi bolso, con todas mis pertenencias, en una mesa en la otra punta del local.

Y todo esto por un gol. Un simple gol. Un balón que sale del pie de un jugador cualquiera (!). Que se cuela por la escuadra de la portería contraria, con estirada del portero incluida. Que se estrella contra la red, en el mismo momento en el que yo pierdo la poca cordura que me quedaba. Comienzo a gritar, a llorar de nuevo, pero de alegría, estiro los brazos, como tocando el cielo. Sintiéndome en el cielo.

Lo que cuento no es sorprendente, no es paranormal. Lo que yo cuento, lo han vivido muchos este año. Miles de personas se sentirán identificados con mi manera de actuar. Pero si lo cuento es porque no sé responder de otra manera a una pregunta que me han hecho ya un par de veces: “¿Porqué te gusta tanto el fútbol?”.

Y en mi caso, como en el de otros, es cuando más claro queda que vivo el fútbol sólo con el corazón. Disfruto con un buen partido cuando lo hace mi equipo, se me pone la piel de gallina con una victoria de los míos. No entiendo de fútbol si llamamos a eso conocer a todos los equipos de la Premier o saber cuál es el mejor lateral izquierdo de Europa. No siempre sé si está bien aplicada la ley de la ventaja. Pero lo vivo.

Hago esta reflexión hoy, el día después del final de una temporada que no hubiera soñado. El Barça lo ganó todo. Con solvencia, dicen. Jugando de maravilla, digo yo. Y el Oviedo subió a Segunda B. Le queda mucho al Oviedo todavía. Pero qué alegría ayer cuando Aulestia paró ese penalti. Otra vez a saltar y a abrazar.

Y espero que la temporada que viene sea parecida.

Oh, la ciencia

Antes de que el deporte rey lo cubra todo y empiecen a tocar el claxon debajo de mi casa, he aquí una curiosa composición por cortesía de Smashing Magazine.

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No tengo claro si soy del Sporting o del Oviedo. ¿Ustedes?