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Con problemas de (des)conexión

Hoy vi (a medias) un reportaje en la tele sobre un centro de rehabilitación para adictos a Internet. Cuando digo a medias, digo que tenía la tele puesta porque realmente estaba conectada a Internet.

Lo más normal del mundo es que a lo largo del día lea ese mismo reportaje en alguna página web y luego le comente a mi pareja “viste que hicieron una clínica de….” y él, con toda su paciencia me dirá “pero si lo vimos en la tele”.

Situaciones como esta me ocurren un día sí y otro también. Estoy más pendiente de la red que de la tele. Me fijo (y me fío) más de lo que leo en la pantalla que de lo que me cuenta la caja tonta.

Eso me hizo pensar en mis comportamientos cotidianos. Apago la tele pero el portátil queda en standby. Me paso el día en páginas de periódicos y blogs de información pero hace mucho que no compro un periódico. Mi correo siempre está conectado, miro mi Blackberry® cada 30 segundos y por supuesto nunca la apago. Gracias a mi teléfono consulto mis correos por la mañana antes siquiera de ducharme o de desayunar. Mi página de Facebook está permanentemente actualizada y como si no fuera bastante, me hice una cuenta en Twitter.

Sé que tengo un problema: me cuesta mucho desconectar. Es difícil hacerlo cuando tienes un trabajo en el que pocos respetan tus descansos en el que la información te persigue aún cuando no la buscas.  ¿Necesito irme a una de esas clínicas? ¿O con unos días de vacaciones lograré al fin la tan deseada paz?

Me gustaría prometer que en 15 días no voy a conectarme a Facebook o que no consultaré ni mi correo ni la pagina de La Voz. Sé que no podré, por eso, sólo me comprometo a reducir el número de conexiones al mínimo y a tomar más cañas en terrazas.

Incorpórese a la autopista

Hace algún tiempo me regalaron un GPS. Lo conecté, lo probé y me gustó la idea de que una voz me ofreciese algo de orientación cuando voy por ahí buscando calles que no conozco en lugares que no controlo –una situación frecuente, dada mi condición de corresponsal-.

Una vez salí de casa (andando) y, no recuerdo por qué circunstancia, llevaba el GPS en el bolso. Iba yo por la calle, escuchando un poco de rock en mi mp3, cuando noté que la gente me miraba de una manera rara. Tardé en darme cuenta de que, dentro de mi bolso, sonaba algo como “incorpórese a la autopista”. El GPS se había conectado y yo no me había enterado de que no iba sola.

Estos días, una serie de acontecimientos, me hicieron recordar este día y me puse a pensar lo que bien que me vendría un GPS para la vida. Un dispositivo que, ante una decisión difícil te dijese “escoge la segunda opción” o “haz esto y luego lo otro”.  ¿A que es una buena idea? Igual de este modo se reducirían los batacazos que nos damos a lo largo de la vida. Seguramente dudaríamos menos y acertaríamos más.

No quiero ni pensar en los atascos en caso de avería, agotamiento de la batería, o ausencia de mapas o callejeros. Creo que en ese momento los usuarios de dicho aparato se sentirían todos como yo ahora. En una encrucijada. Sin saber ni el destino que quiero inserir en el GPS.

Busco nervios de acero

sangreA estas alturas muchos ya sabréis que no me gusta nada sacar sangre. El pasado viernes lo hice, una vez más sin cualquier esperanza de que mi encuentro con la aguja fuese agradable. Una vez más, tenía razón. Pero en esta ocasión todo empezó (y terminó) de una forma muy distinta a la habitual.

La pasada semana acudí a la consulta de mi médico de cabecera porque mi novio me puso como condición para dibujarme un tatuaje que me examinasen unos lunares situados cerca de la zona que quiero tatuar. Además, tenía que hacerme una analítica L  Mi sorpresa llegó cuando la médica lo mezcló todo. Me miró los lunares y me dijo que eran normales pero que ni se me ocurriese tatuarlos (¿podría ser tan tonta?) y luego me dijo que me daba el volante para una analítica normal PERO que si me decidía a llevar adelante lo del tattoo que volviese por la consulta para que me recomendase una analítica diferente. Hasta aquí todo (relativamente) normal. Todo, menos el tono crítico de la médica. Comprendo que es su deber alertarme para los peligros de hacerme un tatuaje. Pero no es su trabajo valorar la decisión. “Si decides hacerlo….si fuese mi cuerpo yo jamás lo haría…”. Ya, pero no lo es…ni la decisión ni el cuerpo. Desconocía la existencia de objetores de conciencia hacia los tatuajes.

Estoy casi segura de que lo que pasó después fue un castigo. No sé si divino o médico, pero castigo. Que una tenga que levantarse a las 7.30 horas estando de vacaciones es duro. Que sea para que te saquen sangre es peor todavía. A las 08.00 horas estaba en el centro médico -no es que haya decidido no seguir adelante con el tatuaje sino que esperaré unos meses a que se guarde el sol- con sueño, en ayunas y con miedo…mucho miedo.

Cuando llamaron el número 14 me sentí como una vaca en el matadero. Sí, ya lo sé, soy un poco exagerada. Allá fui. Me senté, apoyé el brazo en la mesa y miré hacia otro lado. Pude escuchar “no la encuentro, no encuentro la vena”. Hasta que la encontró, pero al pinchar la perdió, por lo que hurgó en mi brazo hasta que lo decidió dejarlo. La enfermera llamó a su compañera, pero solo después de pincharme una vez más. A la compañera le di el otro brazo. Me puse aún más nerviosa. Pichó y hurgó. Nada. “Ven a mí consulta” me dijo…y yo ya la oí como si estuviese muuuuuuuuy lejos. Cogí mis cosas y fui, sin apenas fuerza para moverme. Ya en la consulta la enfermera miró y miró y llamó a una tercera compañera.

Y la compañera miró, buscó, tocó, volvió a mirar a tocar…y al final pinchó. ¿Lo adivinais? Volvió a fallar la vena, pero esta vez me dolió tanto que ya no pude ocultar el sufrimiento. Y la tía va y me dice “So no encontramos vena en el brazo, vamos directas a la yugular”. La miré asustada y le dije “dime por favor que no es verdad” y ella me contestó “¡No mujer! Es una broma, para que te relajes!”.  Hay que joderse con la bromita!!!!

Mis dos brazos chorreaban sangre… vale, igual exagero otra vez… y la tía esta con bromitas en plan humor negro…que a mí me gusta, pero no a mi costa. La decisión final fue innovadora. Buscaron una vena en la mano, me relajé y al final me sacaron la dichosa sangre.

¿Entendéis ahora lo del castigo? Estoy segura de que me mi médica pensó “¿¿¿Quieres tatuaje??? ¡¡¡¡¡Toma agujas!!!!!”.

Sigo odiando sacar sangre, pero estoy casi segura de que para mi cumple me haré el tatuaje. Es una de esas cosas que quiero hacer antes de los 30. Puede incluso que así le pierda el miedo a las agujas. Puede que solo empeore la cosa.

En noviembre os pongo al corriente.

Banda sonora para el volante

“Vaya bien que cantas” me dijo un concejal el otro día. “¿De qué hablará?” Pensé yo, que más que cantar, berro como una cabra. Resulta que yo había estado conduciendo un largo rato detrás del coche de dicho concejal y como siempre que voy sola… iba cantando. Y él, viendo lo bien que me lo pasaba decidió elogiarme.

Me explico. Quienes me conocen (bien) saben que hay dos cosas que hago y que son parte de mi encanto. Una de ellas es andar por la casa mientras lavo los dientes. Sí, soy así de rara. La otra es cantar a pleno pulmón cuando voy conduciendo.

Esta es una manía un poco más común, pero la verdad es que me gusta hacerlo. Casi nunca pongo CDs en la radio de mi adorado C3 porque me aburro. Me gusta cambiar de sintonía y encontrarme con canciones de las que ya no me acordaba (aunque es más frecuente que me tope con alguna que pasó hace menos de 5 minutos) o con alguna que me gusta mucho. Tengo mucha facilidad para memorizar las letras de las canciones que me gustan así que no daré ni una nota pero no me pongo a cantar si no me sé la canción de pe a pa… ¡qué demonios! Y cuando no la sé me la invento. ¡¡Con un par!!

Cantar cuando voy en coche me ayuda a no hacerles caso a todos los delincuentes viales que más que conducir, estorban.  La música me permite pensar que es más importante centrarme en la letra de la canción que en que hay un tío que lleva cinco kilómetros en el carril de la izquierda. Las letras me ayudan a recordar que la carretera no tiene por qué ser un sitio en el que todos liberamos nuestras frustraciones, la conocida Road Rage.

Me mola ver cómo, dependiendo de la canción que esté pasando en la radio uno puede ir más rápido o más despacio. El metal es sin lugar a dudas la mejor música si tienes prisa. Las músicas ochenteras en plan Holding out for a hero o algunas de Abba te hacen pasar un buen rato. Pero sin lugar a duda, el rock es el mejor para conducir: Meatloaf, Metallica, Aerosmith, The Eagles … Te relajan, pero no te distraen. Te recuerdan cosas que te han pasado pero no te dejan apartar los ojos de la carretera. Y luego está ese gran clásico de las road songs: Life is a Highway, de Tom Cochrane. No será una gran música, ¿pero a que nos hace pensar en conducir sin destino?

Pero es inevitable, no puedo dejar de pensar que si más gente escuchase música en el coche en vez de a Jimenez Losantos, habría menos accidentes de tráfico.

Apagón informativo

Llegó el verano. Es oficial. Y no lo digo porque ya haya pasado el 21 junio, por las altas temperaturas, por las vacaciones de los más pequeños ni por los atascos para llegar a las zonas turísticas.

Si no tuviese un calendario, me enteraría igual de que llegó el estío. ¿Cómo? Pues muy fácil. La cantidad de correos electrónicos con noticias cae vertiginosamente. Ya no hay ruedas de prensa. Todas las notas de prensa que me llegan a las manos van de fiestas. Se te ocurre preguntar por un tema y la persona que lo lleva está de vacaciones… sea el tema el que sea.

Me pregunto cómo demonios sobrevivimos los periodistas al verano. Me parece que lo mejor sería parar las rotativas y volver en septiembre.

Para un periodista, los meses de verano son como un eterno fin de semana. No hay nadie en ningún sitio. Nadie te coge el teléfono. Nadie te llama. Todo el mundo desconecta… claro, todo el mundo menos el pringado de turno. ¿Es el periodista el único que trabaja en verano? Vale, mucha gente sigue currando entre los meses de junio y septiembre, pero la mayoría no depende de otros para sacar el suyo adelante. Nosotros necesitamos que nos cuenten temas, que nos confirmen noticias… si todas las fuentes informativas están de vacaciones, ¿¿qué c**o hacemos nosotros??

¿Y qué hacen los periódicos para sortear esta falta de información? Cuadernos de verano. Quien fue el gili****as que inventó los putos cuadernos de verano. Como no tenemos bastante con rascar noticias donde no las hay, todavía tenemos que ir a las fiestas de pueblo. Unas fiestas que son iguales todos los años. A las que siempre van las mismas personas. Sobre las que no se puede decir nada nuevo. Pero hay que ir…buscar un ángulo distinto de algo que se lleva haciendo toda la vida, hacer una foto distinta…encontrar gente nueva. Nota para que los jefes se enteren de una vez: Cuando encontramos todo esto, normalmente, mentimos.

“Pero tú también puedes coger vacaciones en verano”, dirán algunos. Sí claro… porque en un periódico podemos coger todos vacaciones en agosto y pirarnos por ahí. No… hay que hacer turnos (en un periódico se hacen turnos para todo) unos ahora, otros después, a cuenta gotas… y como mucho libras un mes.

Por si alguno no se acuerda el verano dura tres meses.

Cuestión de identidad

Tener doble nacionalidad implica que en tus dos patrias te verán siempre como un extranjero. Así es como funciona la cosa. Para mucha gente es complicado entender que una se pueda sentir en casa en dos países, animar a dos selecciones (y negarte a ver el partido se van una contra la otra) y votar en más elecciones que nadie. Creo que cuando me preguntan dónde me encuentro mejor, es como si me preguntan si quiero más a papá o a mamá.

Mi madre es española. Asturiana, nacida en Siero, creada en Gijón. Mi padre es portugués. Nacido en Lisboa, creado en Setúbal.

Yo también nací en Lisboa. Me crié en Setúbal y volví a Lisboa para hacerme periodista. Allí estudié, en la Universidade Lusófona de Humanidades e Tecnologias, y allí trabajé, primero en el Jornal de Noticias y después en el Arquitecturas. Estas dos ciudades son mi casa. Me gusta el fado, el caldo verde, el vino tinto y el bacalao. La lengua portuguesa es preciosa y creo que en portugués los poemas de amor suenan mejor.

Pero en Asturias pasé todas las vacaciones de verano desde que tengo memoria. Aquí aprendí a andar en bici, a ir de monte y a subir a los árboles. Con mis abuelos aprendí a hablar un castellano asturianizado del que me enorgullezco. Hace tres años me afinqué en Asturias, por motivos laborales. Trabajé en El Comercio, en La Nueva España, en La Hora de Asturias y llevo casi dos años en La Voz de Asturias. Aquí viví y vivo mis primeras experiencias en el mundo adulto. Lejos de la familia, alquilando una casa, estrenando vida en pareja. Esta es mi segunda casa. Me gusta la sidra, el queso cabrales y la gaita.

¿Se puede escoger entre una y otra? No. ¿Hay que hacerlo? Tampoco. Ambas tierras son parte de mí, las dos contribuyen cada día para convertirme en la persona que soy. No me importa si los españoles invadieron Portugal durante no sé cuantos siglos. Tampoco me importa que los portugueses hayan echado a los “Felipes” casi a patadas. Me da igual. No estuve allí, todo es parte de una historia que está demasiado lejos. Me interesa que hoy, gracias a esos acontecimientos somos dos democracias ejemplares, maduras y respetables.

Muchos portugueses odian a los españoles por cosas que están en el pasado y que no quieren olvidar. Muchos españoles siguen despreciando a los portugueses porque se niegan a conocerlos un poco mejor. Creo que todas esas personas son idiotas. En ambos países hay gente buena y mala, comida rica y horrible, restaurantes caros y baratos, calles preciosas y barrios pobres. Sus vecinos no tienen que compararse o envidiarse, sino respetarse y admitir que unos son mejores en unas cosas y otros en otras. Y sobre todo, aprender con eso.

En Portugal siempre dirán que soy española. Aquí siempre me llamarán la portuguesa. Un amigo me dice que soy asturiano-portuguesa. Que me llamen lo que quieran. Yo siempre seré Vanessa.

El vecino, ese espécimen

Toda mi vida viví en un piso y nunca tuve ningún problema con mis vecinos. Los niños de ese edificio nacimos casi todos en fechas cercanas -año arriba, año abajo- y acudíamos a los cumples de unos y de otros. Quizás por eso el ruido que uno hiciese jamás le supuso ningún problema a los demás. De la que crecimos, a parte unos tacones en el pasillo a altas horas de la madrugada nunca hubo grandes ruidos y siempre tratamos de respetarnos unos a los otros.

En este tema creo que me estoy haciendo mayor. O eso o estoy cada vez más sensible.

Los permanentes gritos de Sergio, mi vecino de ocho años, empiezan a volverme loca y ya no puedo con los constantes portazos de mi vecina de la puerta C. Claro que todos diréis, pobre Sergio, es sólo un niño y los niños gritan. Vale, es un niño, pero no es tonto (¿o sí?). Si gritas tres veces por tu madre y lo haces a pleno pulmón de dos, una: o te está ignorando o no puede ir a ver qué quieres por quinta vez. No hay otra Sergio, así que para ya de gritar enano!!! Y vale, están echando Harry Potter por la tele, pero a los demás inquilinos eso nos importa un pijo!!

¿Y qué me decís de la de los portazos? Porque a mi querida vecina le da igual que sean las siete de la mañana de un lunes, o las cuatro de la madrugada de un viernes. Y aunque sean las cuatro de la tarde de un miércoles, ¿le costará tanto cerrar la puerta con un poco de cuidado? Sé que no está sorda, porque ya me saludó en el ascensor, cuando yo todavía no sabía que era ella la responsable de tamaño ruido. ¿Lo hará aposta?  Y si es así ¿por qué? Una amiga me dijo que igual es porque no pilla. A lo mejor, pero para eso hay que buscar soluciones que no todo se resuelve con violencia y molestando a los demás.

No me considero una persona antisocial. Creo en las normas de convivencia y trato de respetarlas. Por mucho que me guste escuchar Metallica a todo volumen a las once de la mañana de un sábado (por dar un ejemplo) mientras limpio la casa, trato de frenar mis instintos. ¿Por qué a los demás les costará tanto?