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La gran evasión

Antes de ayer entrevisté a María Gudín (Oviedo, 1962), una mujer especialista en neurología que trabaja en el Hospital de Ciudad Real y que acaba de publicar la novela Hijos de un Rey Godo, ambientada en la España Visigoda. Esta es ya su segunda novela histórica (la primera se titulaba La Reina sin nombre, ambientada en la misma época, y desarrollada completamente en Asturias.

Me corroía la curiosidad por saber cómo y por qué una profesional de la medicina había llegado a dedicarse a escribir novelas de este género literario, así que se lo pregunté. Su respuesta fue clara y directa: “La de médico es una profesión muy complicada y escribir me sirve como forma de evasión”.

Aquello me hizo pensar. Sí, porque a veces una también piensa. Y me pregunté a mí misma: Si alguien que trabaja como neurólogo (o médico, en general) utiliza la escritura para evadirse del día a día ¿cómo podría evadirse alguien cuyo trabajo consiste precisamente en eso, en escribir?

Alguien podría decir: Muy bien. No escribas novelas, léelas. Es una forma muy lícita de evadirse, sí señor. Sin embargo, me paso el día leyendo: lo que yo escribo, lo que escriben mis compañeros, los periódicos de la competencia, los e-mails, este blog… Lo siento, esa forma de evasión no me funcionaría.

Pasamos a la siguiente forma de evadirse. Mi vida social. De acuerdo, muy bien, quedar con los amigos es una buena manera de desconectar. Pero… (aquí también hay un pero) Trabajo 10 días y descanso cuatro. Mi horario es de manaña y tarde y, normalmente, salgo de trabajar cuando el resto del mundo ya está en casa, cenado y, prácticamente, en pijama. Por otra parte, soy una de esas pocas personas que practica el pluriempleo (sí, me siento afortunada), así que de los cuatro días que mi trabajo como periodista me permite descansar, tres me los paso trabajando por la noche en un pub. Por consiguiente, las mañanas me las paso durmiendo… En mi caso, quedar con los amigos tampoco es una buena opción…

Otra forma de evasión que se me ocurre ahora mismo es salir a tomar algo, que más o menos, coincidiría en muchos puntos con la manera mencionada en el párrafo anterior. A esto hay que sumarle un pequeño trauma adolescente ocurrido durante la realización de mis estudios de periodista.

Cuando comencé la carrera, no recuerdo muy bien quién, aunque sé que era un profesional del periodismo, vino a darnos una charla a clase. No nos habló de lo bonito que era buscar las noticias, ni redactarlas, ni de la importancia de tener una buena agenda de contactos. Al contrario. Intentó quitarnos la idea de que el periodismo era algo bonito. Aquel hombre (de eso sí me acuerdo, era de género masculino) mencionó que la de periodista era la profesión de las tres D’s: Deprimidos, Divorciados y Dipsómanos, que, para quien no lo sepa, es sinónimo de lo que coloquialmente viene a ser borracho.

A la tierna edad de 24 años ya cumplía la primera premisa. La segunda aún no me ha dado tiempo a comprobarla y la tercera… No quiero ser una alcóholica, gracias.

Decía Pablo Muñoz, director editorial del Grupo Noticias, en una entrevista que “para un periodista es bueno evadirse en la ficción”. De manera que seguiré acariciando las ilusiones que nunca llegarán a cumplirse y continuaré soñando despierta…

Felicidades ‘papá’

3344564344_c0b41861e3_oDicen que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. También dicen que siempre se van los mejores y que, casi siempre, los homenajes llegan demasiado tarde. En el caso que hoy me ocupa se cumplen las tres premisas.

Ricardo Vicente Alonso era mi padre. Adoptivo, pero padre al fin y al cabo. Era una de las personas más especiales de mi vida y también de la de mucha gente que estaba a su alrededor, porque humanamente era alguien excepcional. Papá decidió abandonarnos hace ya tres meses, con tan solo 41 años. Entre boleros, clases de teatro y las tablas del escenario, dejó que la vida se le escapara de la manos. Y con su alma se fue también un poquito de la mía.

Ahora, el mundo del teatro vallisoletano ha decidido concederle su homenaje. Un homenaje que llega en forma de galardón. A papá le han dado el Premio de Teatro Provincia de Valladolid 2008, fallado hace escasas horas por un jurado compuesto por personalidades vallisoletanas relacionadas con la cultura y el teatro.

Actor, director, dramaturgo y músico. Pero, sobre y por encima de todo, persona. Una persona de esas que dejan huella. Por eso, yo no necesito darle un premio para reconocer toda su grandeza. Porque yo lo homenajeo a diario cada vez que, antes de irme dormir, sigo dándole las buenas noches.

Del amor al odio solo hay un paso

Mucha gente se sorprende cuando les digo que elegí ser periodista por una promesa. Solo tenía seis años cuando le juré a mi abuelo, poco antes de morir, que su nieta sería periodista. Y, como soy o me considero una de esas pocas personas que piensan que lo prometido es deuda, cumplí lo prometido doce años después.

Cuando empecé la carrera, a los 17 años, en el año 2000, las únicas opciones (igual que ahora) eran marcharse fuera de Asturias. Pero mis padres no estaban muy de acuerdo. Uno de los motivos era que me veían muy pequeña y otro era el dinero que les costaría enviarme fuera. Así que yo, fiel a mi compromiso, les dije que si no estudiaba periodismo me pondría a trabajar, porque no estaba dispuesta a estudiar algo que no me gustara.

Finalmente, encontramos la Escuela Superior de Negocios, que impartía Periodismo y Comunicación según el sistema británico y, como estaba en Oviedo, a pesar de ser una universidad privada, mis padres accedieron a pagarme los estudios a condición de que colaborara en los gastos. No tuve problema, ya que llevaba trabajando desde los 15 años para eso.

Cuatro años después terminé la carrera. Muchos fueron los profesores que, a su vez, también eran periodistas, los que nos advirtieron de que el periodismo no era lo que nosotros pensábamos. De eso me daría cuenta dos años después de comenzar los estudios, cuando empecé con las prácticas, cuando me di cuenta de que el periodismo no era contar la verdad, no era estar al pie de la noticia. Si no que estaba influido por un montón de factores que, para más inri, no dependían de mí. El mundo se rige por la política, el dinero y el poder. Y en el periodismo no era distinto.

No es que yo mienta cuando escribo. Al contrario. Sin embargo, muchas veces es necesario omitir ciertos detalles o disfrazar un poco la verdad, para que la gente no se escandalice, no le entre el pánico o no se ponga en contra del político A o de los grandes almacenes B, que al fin y al cabo son, gracias a su publicidad, los que mantienen a los medios de comunicación.

Han pasado ya nueve años de aquello, cinco desde que terminé mi licenciatura y tres desde que comencé a trabajar. Y aquí sigo. Odiando cada día más la profesión que tanto amaba…

Pero se supone que la vida es eso: un largo camino de decepciones.

Aventuras y desventuras de una redactora en Lisboa

PARTE II. EL VIAJE

No suele ser agradable que tu despertador suene a las 6 de la mañana para que tu día de comienzo junto con las primeras luces del alba. Pero cuando suena porque tienes previsto viajar, la cosa cambia bastante. Normalmente suelo levantarme sobre las 10 y, aún así, tardo mi tiempo en conseguir ser eso que llaman “persona”.

Sin embargo, aquel día me levanté rauda y veloz. Sin las sábanas pegadas y sin síntoma alguno de mi habitual “apijotamiento” mañanero. Ducha, maleta y rumbo al aeropuerto.

Ya estaba en Ranón. Y ¿ahora qué? Mi padre me había dejado allí plantada sin más que un papelito en donde ponía que mi vuelo hacia Madrid salía a las 8.35 horas. Vale, eran las 7 de la mañana y no tenía pensado facturar, así que tenía tiempo de sobra para enterarme de lo que tenía que hacer. Es lo que tiene no haber salido nunca de viaje y, mucho menos, hacerlo sola.

Quiso la casualidad que un compañero (del cual no diré el nombre, por respeto a su intimidad) tenía que coger un avión a Barcelona para, desde allí, trasladarse a Montmeló para cubrir la carrera de Fernando Alonso (ups!). Me dijo lo que tenía que hacer y, mientras yo sacaba la tarjeta de embarque famosa, me esperó en la cafetería para dirigirme por el aeropuerto.

Su avión se retrasaba, de manera que esperó conmigo y pasamos el control juntos. Cuando saqué el billete, la azafata me preguntó si llevaba líquidos de más de 100 ml. en el interior del equipaje de mano y yo, por si metía la pata, calle como una perra.

Pero… ¡ay, amigo! El escáner es más listo que la azafata. Primero, me obligaron a quitarme las botas, no fuera a ser que llevara… vete tú a saber qué en una doble tapa del tacón… Y allí, delante de todo el mundo, desclaza, luciendo mis super calcetines de Hello Kity, con una gatita dibujada (que se veía bien de narices), una guarda de seguridad empezó a cachearme porque al pasar por el detector de metales mi piercing pitaba…

El mal trago no acabó ahí. Me pongo las botas, agarro la maleta, el portátil, la cazadora y demás pertenencias, y un policía me interrumpe el paso.

— Perdona, pero es que hemos visto que llevas en el interior de la maleta un bote de más 100 ml. y necesitamos que nos lo enseñes.

¡Trágame, tierra! Vale, abro la maleta y lo primero que localizo es el paquete de compresas. Esto no va a ser el problema… Ahora busca el neceser y saca el bote de la laca y el del desodorante… Sí, bueno, eran de más de 100 ml. pero… ¿qué pensaban que iba a hacer con eso?

El policía, muy amable él, hizo la vista gorda, pero me dijo que no se volviera a repetir. No se preocupe, señor agente, que la próxima vez ya estaré pendiente de ahorrarme el mal rato… Por suerte, en Madrid no tuve que volver a pasar el control, gracias a dios…

Y, por fin, a las 11 de la mañana hora local, llegué a Lisboa con los oídos ligeramente taponados. Hubiera sido peor de no ser porque antes de emprender mi aventura, seguí los sabios consejos de un redactor del periódico que me contó que, para que no me dolieran los oídos, me tomara un ibuprofeno antes de subirme al avión y tomara mucha agua. Eso combinado con aguantar la respiración como si buceara en el mar (como me aconsejó la señora farmacéutica que me vendió el ibuprofeno), morder una chaqueta como si me fuera la vida en ello, a la vez que masticaba un chicle, bostezaba de vez en cuando y me tapaba los oídos fuertemente con los dedos índices de ambas manos… consiguió que mi habitual dolor (es lo que tiene padecer otitis crónica) solo se convirtiera en una sordera temporal.

Un taxi nos trasladó hasta el hotel y nos cobró una “Tarifa Turística” que más tarde descubriríamos que no existía… El hotel Olissipo Occidente estaba situado en el recinto de la Expo 98, algo lejos del casco antiguo, pero con muy buena comunicación. Un cuatro estrellas, muy moderno y decorado con muy buen gusto.  Tan solo tenía una pega: no se podía fumar. Pero eso es lo de menos.

Quedamos en la recepción a las 14.30 (hora local), para dejar las maletas en las habitaciones y descansar un poco después del viaje. Lo primero que pensé al llegar a la habitación fue en la ducha que me iba a pegar. Pero en lugar de eso, me puse a hacer fotos, para poder ponerle los dientes largos a mis amigos y familiares.

Después de llamar a mi madre para contarle qué tal había llegado, me dispuse a meterme en la ducha. Abro el neceser para sacar mis cosas y… ¡mierda! me había dejado el cepillo y la pasta en casa. Genial, Lucía, estarás tres días ¡sin poder lavarte los dientes! Eso me pasa por dejar las cosas para el último día…

De todas maneras, lo que ocurriría después, bien merecía la pena a pesar de los cacheos, los registros, el dolor de oídos, la sordera y la falta de higiene dental…

Aventuras y desventuras de una redactora en Lisboa

PARTE I. LA NOTICIA DEL VIAJE.

Hace aproximadamente dos semanas, el teléfono de mi mesa sonó, como suele hacerlo alrededor de 20 veces cada mañana. Lo cogí con desgana, como de costumbre, esperando que al otro lado, la responsable de prensa de la discográfica A o la de la editorial B, me vendiera una presentación de un nuevo disco o libro de vete tú a saber quién y que probablemente sería un tostón. Pero, quiso la casualidad, o el destino (ese que dicen que cada uno se construye con pequeñas decisiones tomadas a diario), que en esta ocasión la cosa no fuera así.

— Hola, te llamamos de Truc Comunicación, de Madrid, ¿te gustaría ir a Lisboa a ver el nuevo espectáculo del Circo del Sol?

Hubiera sido bastante imbécil si hubiera respondido que no. De manera que, sin demostrar (apenas) que me volvía loca por ir, intentando que en mi voz no se notara la emoción que me embargaba en aquel momento, respondí:

— Sí, bueno, pero antes tengo que consultarlo con mi jefe. Llámame dentro de una hora.

Rauda y veloz acudí a pedirles, por favor, a mis superiores que me dejaran ir. (Por favor, dejadme ir. Porfa, porfa, porfa, porfa…) Al contrario de lo que pueda parecer, conseguí que mi petición no sonora a súplica en absoluto, aunque por dentro pareciera una niña encaprichada con algún juguete que patalea hasta conseguir que sus padres le compren el ansiado tesoro.

Pasó una hora, pasó una hora y cinco minutos, y diez, y quince… Cuando recogía mis cosas para salir de la redacción e irme a comer a mi casa, el teléfono sonó de nuevo.

— Hola, soy Lorena, de Truc, ¿has hablado ya con tus jefes?
— Sí, sí. Vamos a Lisboa.
— Muy bien. ¿Eres tú la que va a venir?
— Sí, claro, por supuesto.

No iba a ser tan tonta de rechazar una oferta así, más aún cuando, después de tres años trabajando en el periódico, el viaje más largo y apasionante que había hecho había sido ir a la Laboral, en Gijón, y subir a la torre para comprobar que, efectivamente, era más alta de lo que en un principio se pensaba (subí sin cinta métrica, pero es que tengo muy buen ojo).

Los días previos al viaje fueron días de mucho nerviosismo. Nunca había visto ningún espectáculo del Circo del Sol y todo el mundo hablaba tantas maravillas de ellos que el deseo de viajar acrecentaba según se iba acercando la fecha. Fecha que parecía que nunca llegaría, pero que finalmente llegó.

Cuando me quise dar cuenta, estaba en mi casa, haciendo la maleta a toda prisa, porque, fiel a mi manera de ser, lo había dejado todo para el último día. ¿Se me olvidaría algo?

6.00 a.m. Suena el despertador. Maleta y portátil en mano llego al aeropuerto de Asturias. Ranón, de toda la vida. Comienza mi aventura.