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A propósito

Nunca se me dieron bien las listas. Quizá es por eso que nunca he hecho una de propósitos. Ni con los del año nuevo (que ya está aquí, pese a que todavía haya gente que no se dio cuenta) ni con los temas que me daba tiempo a estudiar la noche antes del examen ni con las cosas que quería del quiosco de la esquina.

Sin pretender juzgar a nadie diré que no entiendo eso de “mis 10 propósitos para el año nuevo”, “este año dejo de fumar fijo”, “en los próximos tres tengo que encontrar marido” (todas frases reales, quizá sacadas de contexto. Pero reales) y todo eso. Siempre me acuerdo de eso de “perro ladrador…”

Tampoco soy mucho de hacer balance y aunque “me quedo con lo bueno” seguramente el 2009 fue complicado: Malo en algunos meses, muy bueno en otros, guerrillero en otros, horrible para muchos (y más de muchos meses), difícil y hasta feliz en otros.

Todavía no sé lo que quiero del 2010. Pero me consuelo, porque ya digo que hay gente que todavía no se enteró que lo empezamos. Decir eso de “quiero ser feliz” está demasiado gastado y ya lo debo de ser, además.

Pero sí me gustaría que no se acabase el internet tal y como lo conocemos o que por lo menos nos pusieran un cine con versión original. Me gustaría que todos los trabajadores pudiesen saber lo que es un contrato o que por lo menos no tengan que llegar a su empresa cada día con miedo de no poder volver al siguiente. Me gustaría que se acabasen los ERE y dejasen de echarle la culpa siempre al mismo, me gustaría que los críticos dejasen de usar el fútbol (y el mundial que ya nos toca) para quejarse y decir que nos abduce. Me gustaría que los jóvenes (o por lo menos los que me tocan de frente) se enterasen de lo que vale un peine, me gustaría tener siempre una respuesta y que me la den…

No es que no desee felicidad, éxito, amor y salud a todos mis conocidos, es que me gustaría que en agosto también lo tuvieran y por mucho repetirlo ahora, las buenas intenciones no llegan a esa parte del calendario.

Así que “(hola hola) aquí comienza 2010, el de…”. Que cada uno ponga lo que quiera o lo que necesite y, sobre todo, que le dejen. Las listas son mejores si las hace uno mismo, ¿no?

Otoño, esa extraña sensación

No me gusta esta época del año. Nada. No soporto que no haga ni frío ni calor, que no pueda dejar el paraguas en casa y que tampoco lo use a pesar de tener que llevarlo a todas horas en el bolso. No soporto que se haga de noche cuando son las siete de la tarde (e incluso antes) ni que el cielo siempre esté gris y amenace lluvia permanentemente.

No soporto la sensación que me invade ni que me apetezca quedarme en casa porque siempre parece que hace frío, llueve y el viento seguro que me moja el abrigo (nuevo). Porque pasarán 50 años y todavía no sabré llevar el paraguas en condiciones, como si acabase de aterrizar recién llegada de Almería (donde yo calculo que llueve poco, poquísimo).

No soporto que falte tan poco para el invierno y tengamos que pasar por esa interminable caída de hojas marrones, que crujen a tu paso cuando te desvías para, siendo pequeña, aplastarlas un poco más y hacer ruido. Supongo que le pasa a mucha gente: antes que tanto me divertían, ahora me produce tristeza infinita verlas en el suelo, tiradas esperando.

Quizá otros otoños fueron distintos. Quizá es que éste estoy cansada de esperar cosas que no llegan. Que si empeora, que si mejora, que si quiero pero ahora no puedo, que si paso, que si no paso, que si tonta por qué te preocupas, que si espera, que si sigue esperando, que si no esperes, que si busca algo nuevo, que si quédate con lo que ya conoces, que si esto, que si aquello… Que si bah, son tonterías.

Que alguien recoja todo este otoño y se lo lleve lejos. Ya. No lo soporto.

otoño

En teoría, se oye un BANG!

En verano siempre descubro grandes series. Las propuestas diarias no terminan de convencerme y suelo bucear en el pasado catódico para encontrar lo que al final terminan siendo joyas estivales.

Hace varios años tuve la suerte de toparme con Los Soprano y The Wire –demasiado buenas para verlas a la vez, he de decir– y las últimas fueron Los Tudor y Sons of Anarchy, que nada tienen que ver con las primeras –verdaderas obras de arte– pero que son productos de calidad.

Éste ha sido un verano marcado por la falta de tiempo para sentarme delante del ordenador y/o DVD a ver series, pero he encontrado una genial. Se llama The Big Bang Theory y ya me estoy planteando si no será mejor que The Office –de las grandes mentes de Ricky Gervais y Stephen Merchant– o sólo es que esta temporada (de The Office, me se entiende) ha sido algo más floja (pese a que Espoiler la vea hasta digna de Emmy).

The Big Bang Theory va de cuatro amigos y una tía buena. Ellos son muy listos y ella no. No es que sea tonta (es rubia pero no tonta), es que ellos son muy muy listos. Los cerebritos de la clase, niños prodigio y con un trabajo privilegiado en la Universidad. Son éstos:

Sheldon Cooper: Es maniático, engreído y perfecto. No entiende ni el sarcasmo ni la ironía y lo de socializar no es lo suyo. Todo el mundo es intelectualmente inferior a sus ojos, a menudo insulta a sus amigos y les considera científicos poco capaces. No conduce porque una mente privilegiada como la suya no lo necesita y tiene mil rarezas más (como la de colocar los cereales del desayuno según la fibra que lleven). Vive con Leonard.

Leonard Hofstadter: Es el más normal. Es sensible y se preocupa por sus amigos. Tiene problemas con las chicas y, en realidad, recuerda a cualquier personaje gracioso y entrañable de una comedia normal.

Howard Wolowitz: Es judío, vive con su madre y es el único de los cuatro amigos que no tiene doctorado (algo que siempre le recuerda Sheldon). Aquí son las chicas las que tienen problemas con él, porque está a la que salta y a menudo se insinua hasta la extenuación. A pesar de que él considere que tiene éxito y se derriten por él.

Rajesh Koothrappali: Es de India y no es capaz de hablar delante de mujeres. Da igual que no se dirijan a él ni que sean la madre perfeccionista de Leonard o la hermana estupenda de Sheldon, si están no abre la boca. Como Howard, siempre está en casa de Leonard y Sheldon, puesto que cada día de la semana organizan algún tipo de actividad. Los martes siempre van a cenar al mismo sitio –y piden lo mismo–, los viernes siempre ven series de ciencia ficción (son enamorados de Star Trek) y los sábados juegan a videojuegos antiguos.

Penny: Es la vecina de Sheldon y Leonard, que acaba de mudarse al apartamento de enfrente. Quiere ser actriz y de momento trabaja de camarera. Con el tiempo aprendes a quererla y es genial cada vez que comparte plano con Sheldon, especialmente a partir de la segunda temporada que es la mejor de las dos que hay de momento.

Pobre Miguel

Qué le estará pasando al probe Miguel

que hace mucho tiempo que no sale

La canción decía algo así, creo. Nunca me gustó pero el domingo en el Carlos Tartiere me acordé de ella. Bueno, me volví a acordar de ella porque desde que empezó la temporada no hago más que tararear ese trozo precisamente.

Miguel Ángel López Cedrón, Miguel en lo futbolístico, es el delantero del Real Oviedo. Llegó este año procedente del Elche y tiene la difícil tarea de hacernos olvidar a Diego Cervero, Cervegol en la grada ultra, que tantas buenas tardes nos hizo pasar. Por casta más que otra cosa, porque todos sabemos –él mismo lo dijo– que tiene sus limitaciones con y sin balón y en esta categoría quizá no hubiera sido el referente azul que todos necesitamos. Y que debe ser Miguel, que jugó en Primera (al otro lado del Piles) y sabe lo que es la competición, el buen fútbol y las tardes de gloria. Cada vez que sale su nombre en redacción, uno de mis compañeros se quiere subir por las paredes porque no le entra en la cabeza que alguien pueda echar de menos a Cervero. “Que este jugó en Primera, Ainho”, me dice siempre.

Pero Cervero era el ídolo de la afición. Supongo que los habrá, pero yo no conozco ningún aficionado al que no le gustase. Corría por ahí (tol tiempo atravesao, quizá) y rebañaba balones pa intentar lo impensable. Por intentarlo que no quedase, esa parecía ser su máxima en el terreno de juego. No sé si con más o menos acierto, con más o menos calidad… Me se entiende, espero.

Miguel es mejor futbolista. Juega por arriba como nadie y es un gran delantero. A mi me gusta PERO (es que es un pero muy grande) todavía no me convence con la elástica oviedista. Y lo que hizo el domingo estuvo feo. Es verdad que metió el gol del empate, es verdad que está demostrando lo bien que va de cabeza y es verdad que no se queda estático (ni tampoco va buscando todos los balones) en el área pequeña. Pero no puede enfadarse porque la grada recuerde a Cervero –los aficionados culpan al ConsejoDimisión de que no siga con nosotros, porque quería renovar dos años y la directiva sólo daba uno– de vez en cuando. No es su guerra, debería de pasar.

El del domingo frente al Alcorcón fue un partido raro. El gol del equipo visitante fue un churro que nos tuvo contra las cuerdas gran parte del partido. Yo estoy en la grada ultra –que es  muy grande. Lo que significa que de ultra ya tengo lo justo. Es decir, una camiseta y una bufanda– pero ya no me considero tal. Se me pasó la época. Ahora me dedico a comer pipas, gritar alguna vez cuando no ven al desmarcado y, sobre todo, aplaudir. Yo no canto. Tampoco en el Oviedo. Procuro no silbar a los jugadores porque me parece que así no les ayudamos y eso que el domingo algunos lo hicieron mal. Muy mal. Y la gente les pitaba.

Justo cuando el equipo se quedó con 10 (tras la expulsión de Armando Invernón, mi guapo oficial) empezó a jugar mejor. Cosas que pasan. Entró Iván Ania –un casi-histórico– y la cosa mejoró. Consiguieron el gol del empate gracias a un soberbio Miguel que, sin embargo, no estuvo a la altura en la celebración. Vale que igual lo achaque a la falta de tiempo y la gana de intentar conseguir los tres puntos. Pero no es normal que metas un gol y lo primero que hagas sea enseñarle a la grada ultra que eres tú quien lleva el 9. Y luego, ni lo celebres con ellos ni les pidas ánimo ni nada de nada.

Yo me siento ahí pero a mi me gusta Miguel y no me dejó celebrar el segundo punto de la categoría como me merezco porque me confundió con esa gente que le recuerda que no es Diego Cervero. Mal. Esta guerra no era la suya y de repente cogió una espada y parece que se unió al enemigo. Miguel, macho, estás llamado a ser Miguel I, Príncipe de la Reconquista y ahora estás en el bando contrario, compañero.


El cuarto pasajero

Deberíamos dedicar una sección a los componentes olvidados de nuestras bandas favoritas. En las mías los hay, imagino que en el resto de formaciones y grupos también.

Pero entre que se seccioniza y no, voy a hablar de mi componente favorito de U2. Curiosamente, mucha gente no sabe ni quién es. Porque están Bono, The Edge — “el novio de Bono“,  “el tío al que se abraza Bono en los conciertos”, “el chaval del gorro”, “el de los ojos piquiñucos”… He oído de todo ya–, Adam Clayton –del que siempre se dice que casi se carga la banda por sus coqueteos y excesos con las sustancias prohibidas– y El Otro.

Es curioso. Me gustan bandas con líderes indiscutibles –así de pronto me salen R. E. M., The Killers, Editors, A-ha, Coldplay…  Y habrá más– pero con esta me pasa una cosa de lo más extraña: siempre me he decantado por el chico del final del escenario. El Otro, al que yo llamo Larry Mullen Jr. –que es como se llama– siempre me ha parecido el mejor. Y es a él y a un anuncio que puso buscando músicos para su grupo, a quien debemos que U2 exista (Ya estoy oyendo a algunos decir “pues mejor se hubiera dedicao a la Guinness“). Seguramente no sea el más destacado, ni el mejor batería del mundo mundial pero a mi es el que más me ha gustado toda la vida.

La suya es de lo más normal, por cierto. Nació un 31 de octubre –mismo día que mi hermana. Y Guti, la eterna promesa–, es de Dublín, empezó tocando el piano y con 9 añitos decidió que le gustaba más la batería. A los 14 salió de gira con un grupo y poco después decidió montar el suyo, para lo que puso un anuncio que contestaron Edge & company. Los ritmos y sonidos de la banda son responsabilidad suya –y de Adam– y cuando tocan Sunday Bloody Sunday o Where the streets have no name se luce, destacando sobre los demás. Siempre dice que Ramones y Elvis son sus favoritos y además de que tiene tres hijsos con su novia de toda la vida, también se sabe que le encantan las Harley Davidson. Y poco más, en realidad.

Hay una grabación de un concierto que U2 dio el 31 de diciembre de 1989 en Point Depot (Dublín) que me encanta porque Larry suena fenomenal. Y ahí tienen la mejor versión de Gloria. En un momento de la canción Bono les va presentando uno a uno dejando sus tres minutitos de gloria. Y ese momento en el que dice “detrás de Edge… Larry Mullen Jr.” todavía consigue emocionarme y ponerme los pelos de punta, a pesar de que lo he escuchado igual mil veces.

larry

Más que frío, ¡helado!

chris&guyLeo en El País que Coldplay triunfó en Barcelona. La Vanguardia me cuenta que los problemas técnicos fueron en realidad los desgraciados protagonistas y Sport explica lo bien que lo pasó Guardiola, el entrenador del Barça.

Tres maneras de enfocar lo mismo: el único concierto que Coldplay daba el España, que fue el viernes a eso de las 21.45 horas en el Estadio Olímpico de Barcelona. ¡Y yo estaba allí! Y qué queréis que os diga… lo que escribe Guillermo Granell en La Vanguardia está más cerca de lo que yo vi.

¡Qué desastre! Era el primer concierto suyo al que iba porque, pese a que me considero una fan desde el principio –aunque una amiga me diga que su única canción es “Quiero moriiiiiiiiiir, lalalala” (ese lalalala en falsete, cómo no)–, siempre he escuchado eso de que “sus directos no son del todo buenos”. Recuerdo además que, unos días después de comprar la entrada –¡en enero!– un amigo me mandó un link de una actuación diciendo “espero que tú tengas más suerte”. Pues no.

Para empezar, problemas con la organización. El sector en el que se suponía que tenía que sentarme –frente al escenario, lejos por la propia estructura del Estadi Olímpico, con un foso que ni en Roma– ¡no existía! y tuve que reubicarme en las filas más bajas del resto de sectores.

Hasta ahí, no es culpa de la banda. Seguimos.

A las 19 empiezan a tocar The Sunday Drivers. Me da la risa recordando algo que me decía un colega el día antes del concierto: “Joder, los teloneros son casi mejores que ellos”. Por lo menos, sonaron mejor compañero. Casi una hora después, los segundos teloneros: The Flaming Lips. Dos grupos para probar el sonido y que luego salga como salga. Increíble.

La entrada decía que Coldplay empezaba a las 21.30 y estaba previsto que los grupos terminasen a las 21. Pero no. Desde las 20.30 hasta las 21.45 a esperar. Menos mal que yo me había llevado una joyita literaria —Festín de Cuervos— y por lo menos maté el tiempo entretenida.

Sale el grupo. La primera canción ya falla –hasta en tres ocasiones– y todos recordamos que a la entrada había carteles diciendo que este concierto se grabará para hacer un DVD en directo de Coldplay en gira. Pues vaya curro que les queda por delante, de verdad. Violet Hill –una preciosura del último disco– sonó horrible y eso que sólo llevábamos 10 minutos.

Yo ahí todavía pensaba que no era culpa de Chris Martin –vocalista y líder indiscutible– pero quizá no hubiera estado mal parar y volver al principio. En julio estuve viendo a U2 en el Camp Nou y Bono se confundió en un tema, así que decidió parar la maquinaria y empezar de nuevo. No iba a pasar nada. Casi al final se disculpó por el sonido, eso sí.

Sonaron muchas míticas y Chris y sus chicos se desvivían –Martin tuvo que parar a coger aire en un estribillo, porque se había pasado dando vueltas por el escenario en una canción–, el piano sonaba bien, le hicieron un homenaje a Michael Jackson –con Billy Jean— y hasta hablaron en catalán. Pero el sonido –el mal sonido– fue el protagonista y, por lo menos los que estaban alrededor mio, fue con lo que se quedadron. Al final va a ser verdad que ninguna primera vez de nada es buena.

Fallaron también al Barça. Viva la vida es el nuevo himno culé. A mitad de temporada, cuando jugaban como los ángeles, se supo que el entrenador les ponía la canción antes de cada partido y por eso sonaba tanto en el estadio. Coldplay igual no lo sabe, pero le deben mucho a Guardiola: supongo yo que hasta se haya multiplicado el número de ventas sólo en Barcelona.

La canción es buena, pegadiza… y simboliza, desde mayo, al Barça del triplete. Pero Martin no hizo ni una mención, a pesar de que Guardiola estaba en el estadio intentando disfrutar como el que más. Otra vez me acuerdo de U2: Bono se puso en el escenario una camiseta –que le había regalado el mismo Guardiola– del Barça y felicitó a los culés –en su casa– por su triunfo en Europa. Vale, este estadio era el del Español pero ya no lo es. Y lo cortés no quita lo valiente.

Así que en resumen: el grupo me gusta y ellos lo intentaron. Pero fue un desastre. Sonaron horrible y ya está. Quizá es culpa de U2 por desplegar una técnica tan impresionante en julio, que ahora todo lo que no suene aproximado ya me parece que falla.  O quizá es culpa mia, por haber ido aún sabiendo que podía terminar así. Otro misterio que quedará sin resolver.

Cuerpo y mente

Me encanta ir al gimnasio. Lo reconozco, gran parte de culpa la tienen mi entrenador personal y la camiseta XS que tiene que llevar todos los días para demostrarnos que lo de machacarse horas y horas sí funciona y, desde luego, merece la pena.

Yo soy mujer acuática pero una parada técnica en mi piscina me obligó a plantearme mi rutina física diaria. Claro, también podría quedarme en casa un mes sin mover un músculo, pero mi Pepito Grillo me lo haría pagar. Asi que decidí dar una oportunidad a la planta de arriba de mi instalación deportiva. ¡Y qué alegría!

El otro día Gatofritz me comentaba una teoría que tiene sobre cierta gente que va a los gimnasios. Decía él que está convencido de que los musculosos y fornidos especímenes que ves a diario son gente contratada por el propio gimnasio. No puede ser que nadie se machaque cinco horas seguidas y mucho menos que esté siempre, vayas a la hora que vayas.

Estoy empezando a verlo yo también. En mi gimnasio hay muchos en la zona de pesas –que no frecuento aún–, pero en los aparatos y máquinas también. Yo los llamo Los de Rojo, La Chica y El Señor.Vaya a la hora que vaya allí están, usando todas las máquinas posibles y levantando chismes de 60kilos.

Los de Rojo son dos. Uno con camiseta roja y otro con camiseta roja y playeros rojos. Todos los días. Misma rutina: esta máquina, descanso 20segundos, otra serie, oye me dejas hacer una serie, otra serie, otra máquina, descanso 20segundos, perdona pero me vuelves a dejar hacer una serie… Al ser dos la cosa se complica.

El Señor es casi un ídolo. Levanta más peso que Los de Rojo, pero también es verdad que descansa más entre las series. Y usa exactamente las mismas máquinas que yo. Lo que me llevaría a pensar que en pocos (o muchos) meses estaría como él sino fuera porque mi entrenador personal ya me explicó que son los ejercicios básicos que en realidad, si me fijo, hace todo el mundo.

La Chica –por supuesto hay más mujeres– es una máquina en sí misma. Yo hasta creo que su trabajo es ir al gimnasio, a probar y probar y tensar y destensar y repetir y repetir. Curioso empleo. Cuando más coincido es mientras espero entre mis tres tristes series de la máquina esa que ejercita noséqué músculos (ah, claro, es que yo soy La Nueva) de la pierna, que ella está con las poleas que, según mi entrenador, valen para muchas cosas.

Reconozco que es más divertido de lo que pensaba y ya casi no pienso en la hora y media de sueño que perdí de dormir cada mañana.Aunque lo que menos me gusta es que cada vez que salgo me queda la cara como si volviese de la Tomatina de Buñol y esa maldita máquina que me dice que después de 20minutos sólo conseguí quemar 400calorías. Dice mi entrenador personal (que es el mío y también el de todo el gimnasio) que tengo que empezar así para coger el ritmo, que lo estoy haciendo muy bien.

Lo que pasa que a mi siempre se me ocurren otras maneras de quemar calorías con él que, claro, no entran en sus servicios como entrenador personal. Una pena 😉