Su nombre envenena mis sueños

Aprovecho esta época de compras navideñas para recuperar una vieja historia acerca de un regalo maldito…

(juro que lo que voy a contar ahora mismo is based on a true story)

De pequeñajo pasaba largas temporadas en mi pueblo (Pola de Lena –la Nueva York de las cuencas-), concretamente en el Molín de la Sala, una casa que tenemos allí en medio´l prao. Como todo guaje me pasaba el día brincando cual mungurí, jugando con los perros, echando pachangas, zurrando mierdas con un palo y ese tipo de cosas por lo que el calzado tendía a durarme más bien poco (y más en ese entorno rural). El caso es que una mañana de sábado fui a decirle a mi madre que me urgían unas zapatielles nueves, y ella no pudo mas que coincidir con mi aseveración:

-Tha dialogue-

-Gatín: Madre me urgen unas zapatielles nueves

-Mama Gata: No puedo mas que coincidir con tú aseveración, hijo.

El caso es que el cacho pan que tengo por progenitora bajó p´al pueblo a comprar y me prometió que me traería unos playeros nuevos, lo que me llenó de dicha y regocijo. Un par de horas después mi santa madre volvió del mercao con una sonrisa de oreja a oreja trayendo consigo una bolsa de Salán Sport, mítica tienda de deportes de la Pola, (y en la que no volví a comprar ni unos tristes calcetines –ya veréis por qué-) sobre la que me abalancé cual gordito comilón.

Cuál sería mi sorpresa y cuán enorme mi decepción cuando vi que esos playeros que mi mamá había tenido a bien comprarme eran de la marca… (al lorito) ¡JUCUNDIANO!¡Playeros Jucundiano! ¡Tócate los cojones! ¡¡¡La señora Rosa acababa de comprarme los playeros con el nombre más ridículo y mierdoso de la historia de la humanidad!!! Lo que pasó es que mi madre es muy buena y cándida y la probe llegó p´allá pidiendo calzado pa su vástago.

Entonces el cabronazo de Salán Sport, aprovechándose de su maternal inocencia, le encalomó las Jucundiano, que estaban allí criando más polvo que el disco en solitario del batería de Scorpions, contándole la milonga de lo muchísimo que duraban y lo resistentes que eran. Mi mamá, guiada por ese sentido de la practicidad tan acusado que sólo poseen las madres y que va más allá de toda lógica, pensó que mientras me cundiesen daba igual que los dichosos playeros tuvieran un nombre que de feo que era me habría hecho justamente merecedor de recibir una buena camada de ostias en el cole (amén de hacerme depositario de burlas eternas y haberme convertido forever and ever en Marquitos “el de las Jucundiano”).

Con la perspectiva que dan los años me da un poco de pena recordar la decepción dibujada en el rostro de mi madre cuando vio la cara de culo que se me quedó al ver semejante disparate (al fin y al cabo ella me compró las zapatillas con todo su amor y la mejor intención del mundo), pero hoy en día de vez en cuando recordamos esta historia y nos descojonamos vivos.

Sobra decir que no las llegué a estrenar y se quedaron en la casa vieja de Pola (porqué aquellos engendros no los querían ni los gitanos que recogían ropa in tha church) aparcaditas muy ricamente. Hace un par de años vendimos la casa vieja (seguimos teniendo la del Molín) y la tiraron pa construir un bloque de pisos. Probablemente esas flamantes viviendas descansan sobre los restos de mis olvidadas Jucundiano del mismo modo que la casa de Poltergeist lo hacía sobre un cementerio indio. Fijo que el fantasma de esos playeros acojona más que los de los bichos que metían a Carol-Anne en la tele. A mi por lo menos oisti!!!

 ¡¡¡Ya están aquíííííííííííí!!!

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