La próxima vez que se pregunte cómo un programa infantil puede permanecer en antena más de 40 años, recuerde a los Muppets.
25 Nov
La próxima vez que se pregunte cómo un programa infantil puede permanecer en antena más de 40 años, recuerde a los Muppets.
11 Nov
No me gusta esta época del año. Nada. No soporto que no haga ni frío ni calor, que no pueda dejar el paraguas en casa y que tampoco lo use a pesar de tener que llevarlo a todas horas en el bolso. No soporto que se haga de noche cuando son las siete de la tarde (e incluso antes) ni que el cielo siempre esté gris y amenace lluvia permanentemente.
No soporto la sensación que me invade ni que me apetezca quedarme en casa porque siempre parece que hace frío, llueve y el viento seguro que me moja el abrigo (nuevo). Porque pasarán 50 años y todavía no sabré llevar el paraguas en condiciones, como si acabase de aterrizar recién llegada de Almería (donde yo calculo que llueve poco, poquísimo).
No soporto que falte tan poco para el invierno y tengamos que pasar por esa interminable caída de hojas marrones, que crujen a tu paso cuando te desvías para, siendo pequeña, aplastarlas un poco más y hacer ruido. Supongo que le pasa a mucha gente: antes que tanto me divertían, ahora me produce tristeza infinita verlas en el suelo, tiradas esperando.
Quizá otros otoños fueron distintos. Quizá es que éste estoy cansada de esperar cosas que no llegan. Que si empeora, que si mejora, que si quiero pero ahora no puedo, que si paso, que si no paso, que si tonta por qué te preocupas, que si espera, que si sigue esperando, que si no esperes, que si busca algo nuevo, que si quédate con lo que ya conoces, que si esto, que si aquello… Que si bah, son tonterías.
Que alguien recoja todo este otoño y se lo lleve lejos. Ya. No lo soporto.

7 Nov

Este es un mensaje de paz para todos aquellos extraterrestres que captaron la señal de televisión terrícola en los años 80: han vuelto los extraños seres de curioso atuendo que invadieron las salas de estar en aquella década. No, no me refiero a Alphaville.
Queda por ver si V 2009 tiene un argumento y reparto tan memorable como aquella producción que nos hizo descubrir cosas tan insólitas como que Freddy podía llegar a ser majete, lo del mestizaje alienígena no estaba mal teniendo en cuenta resultados como Elizabeth Maxwell, y que el universo es capaz de engendrar algo mil veces peor que tu profesora de mates en la EGB.
Porque Diana encarnaba el mal en estado puro. Una tía cuya belleza era directamente proporcional al grado de mala sangre que imprimía en la búsqueda y persecución de Michael Donovan. Si alguna vez existió un concepto como el de “tensión sadomasoquista no resuelta”, estos dos se llevarían la palma. Diana era mala como pegarle a una madre o robar la plata de la abuela. Y encima se comía roedores; si llega a ser peor, no nace.
Quitando a un lado la estética de aquellos años, donde las hombreras futuristas sembraban un panorama tan peligroso como el ataque al planeta Hoth en El Imperio Contraataca, V fue todo un referente como serie de televisión. Todo o casi todo tema de debate sobre insurrección y dictaduras estaba presente. Desde las deserciones a la resistencia, pasando por la violencia desmedida que empleaban algunos insurrectos, sin olvidar al misterioso Líder: una mezcla de autócrata y guía espiritual.
Para la valoración de la nueva serie, me remito al comentario que Anómalo realiza sobre el episodio piloto. Estoy seguro de que lo encontrarán de gran interés e hilaridad. Para muestra, el mejor botón:
En la nueva versión se ha prescindido de la imagenería filofascista para crear unos alienígenas recién salidos de Ikea. Y yo digo: bravo. Porque las esvásticas no son tan evocadoras para las nuevas generaciones como podrían serlo antes. Pero un ejecutivo vestido con traje y corbata en una sala minimalista e impecable, eso sí que acojona. Donde esté un tipo que huele a ERE, que se quiten todos los lásers.
We are of peace. Allways.
24 Oct
Aprovecho esta entrada para reivindicar la figura de uno de esos ilustres secundarios (incluso llamarle secundario sería pasarse) del pop inglés al que he tenido la suerte de descubrir hace poco. Martin Newell, “el bardo de Wivenhoe” , es una figura oscura en lo que a su calado comercial se refiere (de ahí lo de secundario). Es obvio que cuando las revistas musicales no hacen los deberes y tienen que recurrir a la típica “lista de los mejores letristas y compositores pop británicos” para llenar espacio, el entrañable Newell difícilmente estará ahí. Y no porque no lo merezca.
¡Qué especial es este hombre! Poeta vocacional muy celebrado y con varias obras publicadas, Newell es un letrista excepcional, un artesano pop con una tremenda capacidad para contar historias de marcada temática británica (no puedo evitar pensar en Dickens al escribir estas líneas) con esa ironía, flema y desapego socarrón que tienen los hijos de la pérfida Albión.
Lo cierto es que, a nivel popular, este hombre no juega en la liga de Ray Davies, Lennon y Macca, Rod Argent o Andy Partridge pero sus discos tienen una calidad innegable y, en un mundo perfecto, bien hubieran podido ganar mucha más notoriedad. En realidad, gran parte de la culpa de su escaso reconocimiento comercial la tiene el propio Newell. Empezó su carrera en una oscura banda glammy llamada Plod ( “eramos la respuesta a The Sweet… en caso de que The Sweet fuesen una pregunta” ) que se separó poco después de firmar un contrato discográfico para publicar su primer disco.
De esta aventura apenas se conservan unas cuantas demos y singles (como las recogidas en el recopilatorio Velvet Tinmine). Más tarde estuvo a punto de unirse a un grupo (London SS) de proto-punk con el futuro Clash Mick Jones, entre otros, pero optó por tomar las de Villadiego y formar un combo llamado Gypp que no llegó a ninguna parte tras publicar un EP que apenas tuvo repercusión. Tras pasar varios años apartado del mundillo, dedicándose a mil y un curros alimenticios y escribiendo poesía, a principios de los ochenta comenzó a moverse de nuevo, montando grupos de corta vida y sacando sus primeros singles en solitario.
Mientras trabajaba como friegaplatos decidió formar los Cleaners from Venus, banda que tuvo algo más de éxito. Pese a todo, para darnos cuenta de la dimensión del anarquismo comercial de este hombre, hay que decir que las primeras entregas del combo fueron distribuídas por correo exclusivamente en formato cinta y no fue hasta 1985 en que publicaron su primer album (Under Wartime Conditions) stricto sensu.
Ya en los 90 montó Brotherhood of Lizards, una especie de continuación de los Cleaners, que tampoco llegó (comercialmente again) a ninguna parte. Asqueado del negocio, volvió a encerrarse en su concha para trabajar de jardinero (si, es cierto), pasear en bici por Wivenhoe, escribir y colaborar como columnista en The Independent. Fue en esta época, concretamente en 1993, cuando el gran Andy Partridge (XTC) le produjo a un Newell que ya rondaba entonces los 40 añitos su disco de “retorno” (¿puede volver alguien que realmente nunca ha llegado a estar?) “The greatest living englishman”. Este es el trabajo con el que yo le descubrí gracias a la labor evangelizadora de Eric Dover (ex Jellyfish, Imperial Drag, Sextus, Alice Cooper) y es una verdadera gozada. Los temas que trata son fundamentalmente los pequeños placeres de la vida rural y dibujos de caracteres y personajes con un cierto aire costumbrista. Mi tema favorito del disco (por escoger uno) es ese cínico y bellísimo villancico titulado “Christmas in Suburbia”.
Luego ha seguido publicando más discos en solitario, tocando en directo (llegó a tocar en Bilbao hace poco … ¡¡¡En un concierto organizado por el ilustre Colegio de Abogacía del País Vasco!!!) y escribiendo poemas y relatos. Desde aquí, con mi pinta de Guiness alzada, rindo homenaje a este anarquista del pop con alma Dickensiana. Cheers lad!
15 Oct
El otro día puse la radio y sonaba el último single de Russian Red. Asqueado por la desquiciante y pretenciosa voz susurrante de la Russian y con los primeros signos de la acidez que conduce al vómito la apagué. “¡¡¡Cuánto necesita el mundo a Freddie Mercury!!!”, pensé. Para olvidar el mal trago decidí ver un rato la tele y, nada más hacerlo, me salpicó a la cara toda la porquería del caso Gürtel; luego me omnubiló la cara de panoli de nuestro ineficaz presidente en su visita al hombre más poderoso de la tierra (Premio Nobel 2009 a las buenas intenciones ¿no es maravilloso?) para rematar con la última performance del ejército israelí en la franja de Gaza… con un nuevo reflejo de acidez ascendiendo por mi garganta me fui a la terraza y miré a la calle a través de mi ventana… y no vi nada. La poca gente que paseaba parecía feliz. No había ni un sólo rastro de descontento, de irritación, DE REVOLUCIÓN JODER… “¡¡¡Cuánto necesita el mundo a Bill Hicks!!!”, grité.
En un país en el que los jóvenes sólo se manifiestan porque no les dejan ir a un parque a emborracharse, cuando los unos roban a manos llenas y los otros sonríen bobaliconamente mientras las cifras del paro, los ERE´s y el déficit se disparan sin que nadie les ponga freno, uno no puede evitar añorar a esa conciencia airada del mundo, ese “angry young man”, ese revolucionario idealista antiestablishment que todos albergamos dentro de nosotros que fue Bill Hicks.
William Melvin Hicks no fue sólo el último gran cómico estadounidense. Fue el último gran filósofo, el último ácrata, uno de los postreros idealistas que se atrevió a plantarle cara a los esquemas de pensamiento que las grandes corporaciones, los gobiernos y, en definitiva, la masa (Hulk no, me refiero a la sociedad dominante como grupo homogéneo de presión) nos imponen para que nos mantengamos callados, conformes, tranquilos… estúpidos.
Bill comenzó en el mundillo de la stand up comedy con apenas 17 años. Era tan joven que tenía que solicitar un permiso de trabajo especial para actuar e incluso pedirle a amigos mayores que le llevasen en coche hasta los clubes donde hacía sus números. Su primera gran oportunidad tuvo lugar en 1987, en el Young Comedians Special del legendario entertainer estadounidense Rodney Dangerfeld. En esta época Bill todavía era consumidor de todo tipo de drogas (fundamentalmente LSD, marihuana y hongos alucinógenos) con lo que en los años posteriores le resultó bastante complicado conseguir actuaciones pues los dueños de los clubes de comedia se negaban a darle tiempo de show a un tipo tan “poco de fiar”.
Pese a todo, una vez limpio de drogas “ilegales” (Bill siguió fumando una media de “dos mecheros” al día como solía decir), Hicks continuó alabando las virtudes de ciertas sustancias como medios para abrir el tercer ojo (el de la mente, malpensaos). Entre 1989 y 1990 publicó su primer vídeo (“Un hombre cuerdo”) y su álbum de debut (“Dangerous”) en los que, literalmente, Bill no deja títere con cabeza. Ya en el 92 lanza al mercado (no me gusta este término, Hicks siempre fue totalmente antiestablishment) su ya clásico “Relentless”, en el que no sólo ataca a la hipocresía de la Guerra de Irak, a los no fumadores, a las estrellas de rock mainstream sin talento “que le chupan la polla a Satanás” sino que, además, deja algunos momentos de reflexión verdaderamente conmovedores, más propios de un pensador presocrático que de un cómico.
Y es que Bill no es como los patéticos monologuistas de El Club de la Comedia, típicos graciosillos de COU que siguen haciendo monólogos sobre por qué las mujeres van en pareja al baño; meros oficinistas del humor que no toman ningún puto riesgo y buscan agradar al respetable (¿Os imagináis al puto Dani Mateo diciendo ésto en un monólogo?), con guiones llenos de lugares comunes para lograr el aplauso y la risa fácil. Bill estaba hecho de otra pasta. Él, como Lenny Bruce o George Carlin, era un filósofo de la calle. Un “Noam Chomsky contando chistes de pollas” como le gustaba decir.
Del mismo modo, el público de EEUU no es tan desoladoramente cutre como el de aquí. En EEUU están acostumbrados a los shows de stand up comedy. Allí son una tradición que se remonta a los primeros años del siglo XX con el vaudeville y el tin pan alley. En la piel de toro el fenómeno de los monologuistas apenas tiene una década de vigencia. Gente como Bill Hicks tenía que patearse los peores clubes de comedia de Norteamérica para ganarse a audiencias muchas veces hostiles. Así pulían sus números hasta hacerlos casi perfectos. Aquí el típico delegado majete de COU escribe un par de chistes sobre Barrio Sésamo con los colegas mientras se incan unos porros, se presenta a un programa de la tele y el público le ríe las gracias porque en España las audiencias van a ese tipo de shows predispuestas a descojonarse a mandíbula batiente, más que nada para que el de la mesa de al lado no piense que no ha pillado la gracia.
Es ya clásica la grabación en la que Bill estalla en cólera cuando un ‘Heckler’ (un revientaespectáculos) de la audiencia comienza a pedirle “Freebird” (canción clásica del grupo Lynyrd Skynyrd) para chafarle el show. Hicks tenía más tablas que el Arca de Noé y, como un músico de jazz que en vez del saxo usa la palabra, puso en evidencia al paleto que trataba de joderle el monólogo con una explosión de rabia e ingenio salvaje. Le pasa esto al patético Don Mauro y no sabría dónde meterse.
Además, pese a que en nuestro país nos jactemos de lo abiertos de mente y liberales que somos frente a los estrechos de miras y pacatos que son los yankis, lo cierto es que somos unos mojigatos. Gente como Hicks, Lenny Bruce, Sam Kinison o Eddie Murphy en sus inicios decían auténticas burradas en directo que les hubieran costado una montaña de denuncias en España (para ser sinceros, al bueno de Lenny si que le llovieron las denuncias en EEUU). Así es amigos, los españoles somos unos mojigatos. Nos gusta ir de “abiertos de miras” pero nuestra formación judeocristiana nos impide escuchar según qué cosas.
De la misma manera que Freddie Mercury usaba su voz, su verborrea, su pie de micro roto y sus mil y una excentricidades para llegar hasta la última persona de un estadio, Bill empleaba todos los recursos en su mano para llegar como un láser a la conciencia de sus espectadores, para hacerles cuestionarse todo lo que veían por la CNN. Si para ello tenía que decir que el Papa se acostaba con William Burroughs, que la religión es un invento de Satán y que los antiabortistas y los departamentos de márketing son poco menos que acólitos del tercer Reich tened por seguro que iba a hacerlo. Pero todo lo que hacía era para buscar una reacción en el público.
Bill quería HACERNOS PENSAR y levantarnos del sofá para que, en vez de pasarnos toda la tarde frente a la tele aborregados, nos preguntásemos por qué nuestro gobierno gasta más en armamento que en ayuda al tercer mundo o por qué las farmaceúticas invierten más en protección de patentes que en I+D+i. Bill era la conciencia cabreada que todos tenemos dentro y que la intelligentsia política trata de domar (si les mantienes estúpidos y dóciles se tragarán cualquier mentira que les cuentes). Pese a todo Bill también tuvo que hacer frente a la censura. En 1993 David Letterman impidió que se emitiera un monólogo que Hicks grabó para The tonight show por considerarlo “peligroso”. Hicks ya no volvería a actuar en el programa (ya lo había hecho en 11 ocasiones) y Letterman, en un gesto que le honra, se arrepintió públicamente de su cobarde decisión en varias ocasiones.
Bill murió en 1994 de un cáncer de pancreas escuchando con su familia sus discos de rock favoritos, poniendo documentales sobre sus intereses y leyendo una vez más su libro favorito, “La comunidad del anillo”. Desde hace 15 años el mundo es un poquito más conformista, más gris. Más mediocre en definitiva. Mientras unos esperan la segunda venida del señor, yo espero el segundo advenimiento de William Melvin Hicks… al fin y al cabo, life´s just a ride.
Pd: Por cierto, como decía Bill, no busquéis mensajes de Satanás poniendo al revés discos de Led Zeppelin, Black Sabbath o Judas Priest. Para encontrarlos sólo tenéis que poner al derecho discos de Alejandro Sánz, tragaros todo lo que os cuenta la CNN y beberos una Miller mientras os tragáis la última película de Paz Vega.
12 Oct
EEUU es el país en el que la industria del entretenimiento cinematográfico y televisivo ha alcanzado sus más altas cotas y, asimismo, también es la nación donde más y mejor se ha analizado todo lo que tiene que ver con ambos mundos. El caso es que de la tele han salido infinidad de términos coloquiales que han trascendido su origen catódico. Es el caso de la frase jumping the shark o, traducido, saltar sobre el tiburón. Este latinajo hace referencia a un episodio de la serie “Happy days” en el que su personaje más carismático, el rockero Fonz (interpretado por Henry Winkler), saltaba por encima de un tiburón en cautividad mientras hacía esquí acuático en bañador pero con su icónica chupa de cuero puesta.
Desde entonces, cuando una serie de brillante pasado empieza a entrar en decadencia dando lugar a argumentos trillados, absurdos o directamente surrealistas se dice que ha “saltado sobre el tiburón”. De hecho una ya difunta página web estadounidense llamada jump the shark tuvo hace años mucho éxito al describir con mucha gracia e increíble capacidad de observación la tipología de situaciones o momentos en los que se adivina que una serie de televisión ya ha empezado su declinar en términos de calidad o audiencia.
En esta tipología entraban las siguientes categorías:
Mismo personaje, diferente actor: (ejemplo, lo que pasó con la tía Vivian en “El Príncipe de Bel Air”)
Exit stage left: cuando el actor que interpreta a un personaje (normalmente clave) se marcha del show (ejemplo, el que hacía de El Duque en “Sin tetas…”)
Muerte: Pues eso… cuando el actor real que interpreta a un personaje muere.
Lo hicieron!!!: Cuando dos personajes que mantenían una tensión sexual no resuelta clave para la serie… lo hacen (“Luz de luna”)
Estrellas invitadas: Usar famosos del “mundo real” e integrarlos en la acción para atraer espectadores.
Episodios especiales: Pues eso, anunciar que el contenido del capítulo de la semana va a ser especial por alguna razón no aclarada (esto lo hacían en Blossom cada dos por tres), se supone que para desarrollar tramas sobre temas “espinosos” (violación, racismo, desórdenes alimenticios…).
Nacimientos: Introducir bebés para hacer verosímil el embarazo de una actriz.
Síndrome del primo Oliver: (denominado así por el personaje del mismo nombre en “La Tribu de los Brady”) meter a calzador a un personaje nuevo de repente para captar audiencia de determinado espectro de edades o social (archiconocido es el ejemplo de El Gran Gazoo en “Los Picapiedra”, ese marcianito con poderes al que sólo podía ver Pedro).
Una especialmente divertida es la categoría titulada simplemente `Ted McGinley´, que venía a decir que en el momento que este actor entra a trabajar en una serie (“Vacaciones en el mar”, “Dinastía”, “Happy Days”) es el signo de que ésta se encuentra ante sus últimos estertores.
El caso es que me puse a pensar hace poco en la que otrora (y recalco otrora) fuera mi serie favorita, “Los Simpsons”, y me di cuenta con tristeza de que en los últimos diez años el programa ha caído, no ya una sino en ocasiones varias veces, en todas y cada una de las categorías que he descrito anteriormente. Sé que hay gente que disfruta aún con la legendaria creación de Matt Groening pero yo, al menos, soy de los que piensan que esos personajes que tan feliz me hicieron durante muchos años llevan ya otros tantos arrastrando su mito por el fango. Y es algo que me apena mucho, mucho, mucho.
Mi sentido del humor ha tenido unas referencias vitales que se pueden resumir en Martes y trece, Los Hermanos Marx, Eddie Murphy, Los Simpson y Chiquito de la Calzada. Reiros si queréis pero es la verdad. Durante una temporada en la época en la que el show alcanzó su legendario zenit (mediados de los 90) me resultaba complicado hablar sin utilizar frases robadas directamente a esos colosos.
¿Cuál fue el momento en el que los Simpson Saltaron sobre el tiburón? Complicada pregunta ya que, en mi opinión, tiene varias respuestas. En primer lugar, en lo que respecta exclusivamente a España, el fallecimiento del actor que doblaba a Homer (Carlos Revilla DEP) fue una verdadera tragedia.
Ese hombre ERA Homer y fue capaz de darle unos matices, humanidad y personalidad de la que carece el personaje en su V.O. Además, con él se fueron marchando otras voces de elementos clave (Señor Burns, Milhouse, Smithers, el abuelo) a las que el público español estaba acostumbrado. En EEUU también tuvo que ver con un acontecimiento luctuoso. El cómico Phil Hartman fue acribillado a balazos por su novia en 1998 con lo que la serie, no sólo se quedó sin dos de sus personajes secundarios más geniales (Troy Maclure y Lionel Hutz entre otros fueron retirados) sino que, además, perdió a un hombre muy querido entre el staff. Los guionistas de los Simpsons convirtieron el show, a partir de los dos primeros años de transición tras desligarse del programa de Tracy Ullman, en un fenómeno que iba más allá de lo humorístico y que se erigió en la mejor sátira politico-social hecha jamás en EEUU.
El problema es que muchos de ellos abandonaron los Simpson en favor del nuevo bebé de Groening, la también genial (pero menos) Futurama, y otros como Conan O´Brien (presentador del Late night de la NBC) decidieron dedicarse en exclusiva a los proyectos que anteriormente compartían con su tarea en la serie o, en otros casos, al mundo del cine. Eso generó una cada vez mayor Homerdependencia y lo que en su día hubiera sido una opción de supervivencia plausible, es ahora una losa. El encantador Homer que una vez amamos, ese tonto que se metía en todo tipo de problemas a causa de su estupidez pero que en ocasiones daba inesperadas muestras de inteligencia y candor humano se ha convertido en un triste bufón sin gracia (ni humanidad) que se mueve a bandazos impulsados por raptos psicóticos. De hecho en ocasiones, algo que antes nunca pasaba, se vuelve verdaderamente odioso y odiable.
Ahora ya no hay espacio para la mordaz ironía y la crítica social. Todo eso se ha convertido en slapstick, puro humor de pedos y tartas en la cara, apariciones de personajes famosos cada dos por tres (y no como antes poniendo voz a otros personajes, sino interpretándose a sí mismos), refrito de guiones pasados [cuántas veces más tendremos que sufrir el consabido episodio "Los Simpson viajan a... (inserte su país aquí si es un guionista con anemia de ideas)!!!!"], chistes de pésimo gusto.
Por otro lado ahora los argumentos tienen toneladas de moralina de baratillo. El último ejemplo:
http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpsons/obesidad/juvenil/elpepugen/20091005elpepuage_2/Tes
Lo que faltaba. Ahora Homer va a beber Gazpacho en vez de cerveza y comer apio en lugar de rosquillas. Patético.
Como vemos, serie ha pasado de ser una entidad a la que se hacía referencia en el mundo real, a referenciar continuamente al mundo real en sus chistes cada vez más mundanos y vacíos. Dicen que la carrera de David Bowie terminó cuando comenzó a ir a rebufo de las modas imperantes en lugar de ser él el que marcase la moda a seguir. Me temo que con el más famoso hijo de Matt Groening ha pasado lo mismo. Eso sí, al menos todavía Ted McGingley no dobla a ninguno de sus personajes, y eso que, pensando en la deriva del programa en la última década… tiempo al tiempo…
23 Sep
En verano siempre descubro grandes series. Las propuestas diarias no terminan de convencerme y suelo bucear en el pasado catódico para encontrar lo que al final terminan siendo joyas estivales.
Hace varios años tuve la suerte de toparme con Los Soprano y The Wire –demasiado buenas para verlas a la vez, he de decir– y las últimas fueron Los Tudor y Sons of Anarchy, que nada tienen que ver con las primeras –verdaderas obras de arte– pero que son productos de calidad.
Éste ha sido un verano marcado por la falta de tiempo para sentarme delante del ordenador y/o DVD a ver series, pero he encontrado una genial. Se llama The Big Bang Theory y ya me estoy planteando si no será mejor que The Office –de las grandes mentes de Ricky Gervais y Stephen Merchant– o sólo es que esta temporada (de The Office, me se entiende) ha sido algo más floja (pese a que Espoiler la vea hasta digna de Emmy).
The Big Bang Theory va de cuatro amigos y una tía buena. Ellos son muy listos y ella no. No es que sea tonta (es rubia pero no tonta), es que ellos son muy muy listos. Los cerebritos de la clase, niños prodigio y con un trabajo privilegiado en la Universidad. Son éstos:
Sheldon Cooper: Es maniático, engreído y perfecto. No entiende ni el sarcasmo ni la ironía y lo de socializar no es lo suyo. Todo el mundo es intelectualmente inferior a sus ojos, a menudo insulta a sus amigos y les considera científicos poco capaces. No conduce porque una mente privilegiada como la suya no lo necesita y tiene mil rarezas más (como la de colocar los cereales del desayuno según la fibra que lleven). Vive con Leonard.
Leonard Hofstadter: Es el más normal. Es sensible y se preocupa por sus amigos. Tiene problemas con las chicas y, en realidad, recuerda a cualquier personaje gracioso y entrañable de una comedia normal.
Howard Wolowitz: Es judío, vive con su madre y es el único de los cuatro amigos que no tiene doctorado (algo que siempre le recuerda Sheldon). Aquí son las chicas las que tienen problemas con él, porque está a la que salta y a menudo se insinua hasta la extenuación. A pesar de que él considere que tiene éxito y se derriten por él.
Rajesh Koothrappali: Es de India y no es capaz de hablar delante de mujeres. Da igual que no se dirijan a él ni que sean la madre perfeccionista de Leonard o la hermana estupenda de Sheldon, si están no abre la boca. Como Howard, siempre está en casa de Leonard y Sheldon, puesto que cada día de la semana organizan algún tipo de actividad. Los martes siempre van a cenar al mismo sitio –y piden lo mismo–, los viernes siempre ven series de ciencia ficción (son enamorados de Star Trek) y los sábados juegan a videojuegos antiguos.
Penny: Es la vecina de Sheldon y Leonard, que acaba de mudarse al apartamento de enfrente. Quiere ser actriz y de momento trabaja de camarera. Con el tiempo aprendes a quererla y es genial cada vez que comparte plano con Sheldon, especialmente a partir de la segunda temporada que es la mejor de las dos que hay de momento.
15 Sep
Qué le estará pasando al probe Miguel
que hace mucho tiempo que no sale
La canción decía algo así, creo. Nunca me gustó pero el domingo en el Carlos Tartiere me acordé de ella. Bueno, me volví a acordar de ella porque desde que empezó la temporada no hago más que tararear ese trozo precisamente.
Miguel Ángel López Cedrón, Miguel en lo futbolístico, es el delantero del Real Oviedo. Llegó este año procedente del Elche y tiene la difícil tarea de hacernos olvidar a Diego Cervero, Cervegol en la grada ultra, que tantas buenas tardes nos hizo pasar. Por casta más que otra cosa, porque todos sabemos –él mismo lo dijo– que tiene sus limitaciones con y sin balón y en esta categoría quizá no hubiera sido el referente azul que todos necesitamos. Y que debe ser Miguel, que jugó en Primera (al otro lado del Piles) y sabe lo que es la competición, el buen fútbol y las tardes de gloria. Cada vez que sale su nombre en redacción, uno de mis compañeros se quiere subir por las paredes porque no le entra en la cabeza que alguien pueda echar de menos a Cervero. “Que este jugó en Primera, Ainho”, me dice siempre.
Pero Cervero era el ídolo de la afición. Supongo que los habrá, pero yo no conozco ningún aficionado al que no le gustase. Corría por ahí (tol tiempo atravesao, quizá) y rebañaba balones pa intentar lo impensable. Por intentarlo que no quedase, esa parecía ser su máxima en el terreno de juego. No sé si con más o menos acierto, con más o menos calidad… Me se entiende, espero.
Miguel es mejor futbolista. Juega por arriba como nadie y es un gran delantero. A mi me gusta PERO (es que es un pero muy grande) todavía no me convence con la elástica oviedista. Y lo que hizo el domingo estuvo feo. Es verdad que metió el gol del empate, es verdad que está demostrando lo bien que va de cabeza y es verdad que no se queda estático (ni tampoco va buscando todos los balones) en el área pequeña. Pero no puede enfadarse porque la grada recuerde a Cervero –los aficionados culpan al ConsejoDimisión de que no siga con nosotros, porque quería renovar dos años y la directiva sólo daba uno– de vez en cuando. No es su guerra, debería de pasar.
El del domingo frente al Alcorcón fue un partido raro. El gol del equipo visitante fue un churro que nos tuvo contra las cuerdas gran parte del partido. Yo estoy en la grada ultra –que es muy grande. Lo que significa que de ultra ya tengo lo justo. Es decir, una camiseta y una bufanda– pero ya no me considero tal. Se me pasó la época. Ahora me dedico a comer pipas, gritar alguna vez cuando no ven al desmarcado y, sobre todo, aplaudir. Yo no canto. Tampoco en el Oviedo. Procuro no silbar a los jugadores porque me parece que así no les ayudamos y eso que el domingo algunos lo hicieron mal. Muy mal. Y la gente les pitaba.
Justo cuando el equipo se quedó con 10 (tras la expulsión de Armando Invernón, mi guapo oficial) empezó a jugar mejor. Cosas que pasan. Entró Iván Ania –un casi-histórico– y la cosa mejoró. Consiguieron el gol del empate gracias a un soberbio Miguel que, sin embargo, no estuvo a la altura en la celebración. Vale que igual lo achaque a la falta de tiempo y la gana de intentar conseguir los tres puntos. Pero no es normal que metas un gol y lo primero que hagas sea enseñarle a la grada ultra que eres tú quien lleva el 9. Y luego, ni lo celebres con ellos ni les pidas ánimo ni nada de nada.
Yo me siento ahí pero a mi me gusta Miguel y no me dejó celebrar el segundo punto de la categoría como me merezco porque me confundió con esa gente que le recuerda que no es Diego Cervero. Mal. Esta guerra no era la suya y de repente cogió una espada y parece que se unió al enemigo. Miguel, macho, estás llamado a ser Miguel I, Príncipe de la Reconquista y ahora estás en el bando contrario, compañero.
9 Sep
Normalmente, viviendo en Asturias, nos solemos quejar de las pocas oportunidades de ver buen rock que tenemos. Últimamente, gracias sobre todo a la iniciativa privada de promotores y locales gijoneses como el Casino, la sala Dom Pedro, el Savoy o festivales como el Derrame Rock y La Mar de Ruido, esta sequía se está mitigando en cierta medida (en Oviedo no, esta ciudad sigue siendo el Gobi). Precisamente, en la Sala Dom Pedro/Rockpública de Gijón hay este sábado a las doce una cita ineludible con el rock de calidad.
Os pongo en situación. La isla esmeralda se ha caracterizado por generar una cantidad inmensa de talento artístico en una porción de terreno limitadísima. Supongo que en muchos casos la necesidad hizo milagros en el sentido de que en cierta época vivir en Irlanda planteaba la diatriba “o triunfas en la vida o te mueres de hambre”; no cabía término medio.
De la rosa negra hemos recibido con los brazos abiertos a William Butler Yeats, James Joyce, Oscar Wilde, Seamus Heaney, Jonathan Swift, George Bernard Shaw en las letras o Neil Jordan, Alan Parker, Jim Sheridan, Richard Harris, Colm Meaney y Kenneth Branagh en el cine. Pero donde también los irlandeses nos han dado muchísimas alegrías es en el terreno musical. Thin Lizzy, Rory Gallagher y Taste, Them y Van Morrison, Ginger Baker, los Chieftains, Gary Moore, Georgie Best (si, sé que era un futbolista, pero también era puro rock and roll), los Pogues, Vivian Campbell… la lista de grandes músicos irlandeses es inabarcable.
Las bandas oriundas del país de los leprechauns se caracterizan por tener un bagaje de autenticidad, un poso melancólico y espíritu “obrero” del que carecen otras formaciones de, digamos, Inglaterra o EEUU. El caso es que en los últimos años un buen puñado de bandas han recogido la antorcha del rock irlandés setentero con brillantez. The Answer, a los que tuve el placer de disfrutar teloneando a ACDC en Bilbao (concierto en el que robaron unos cuantos aplausos de la grada… cosa harto difícil cuando se abre un show para los australianos), Glyder (que me volaron la cabeza hace un par de años en Gijón) y los que hoy me ocupan, Jaded Sun.
Su debut “Gypsy Trip”, publicado el pasado año tras un par de exitosos EP´s, es toda una celebración de las influencias de la banda, que pasan por Zeppelin, Aerosmith, James Gang, ZZ Top y los Stones e incluso por bandas de corte sureño como los magníficos Outlaws. Curiosamente, sus raíces beben más del rock norteamericano que de los grandes popes irlandeses (Gallagher, Lynott…), y siempre con un regusto bluesy y pantanoso muy bien equilibrado con los trallazos hard-rock con los que también se desmelenan. Además la producción, sin ser nada grandilocuente a lo Bob Ezrin, es fantástica. Muy setentera pero sonando a la vez actual y definiendo el sonido de la base rítmica como hace mucho tiempo que no escuchaba en un disco de debut (¡vaya sonido de batería!).
En ocasiones quizá pecan de ser demasiado obvios, en el sentido de que algunos cortes te traen a la cabeza irremediablemente a ciertos grupos. Es el caso de “Breaking through” (que si es más zeppeliniana estalla) o “Sweetness” que es, básicamente, “Dream On” de Aerosmith con cuatro retoques. Sin embargo, si las influencias son tan buenas poco importa que a veces suenen algo derivativos, como en el single “Hey You” (puro Faces) o las hard rockadas “Can´t stop”, “Crazyman” (rollo muy Black Crowes) con una gran intro de armónica y un buen trabajo de slide o “Fever”, corte que me recuerda a Humble Pie y a ratos a Guns and Roses.
El cantante John Maher (¡atención a este chico!) se luce particularmente en los temas más reposados como la atmosférica “He knows home”, que podrían haber firmado los Mother Love Bone, o la preciosa power-ballad “Crave”, demostrando que no es sólo capaz de aullar a lo Steve Marriott sino que su voz sabe darle matices a las canciones más exigentes.
El disco se cierra de manera inmejorable con dos rock and rollazos vacilones (“Positive”, “Higher”) que a mí me recuerdan a Badlands o The Cult y con el boogie-stomp “She´s got class”, que cuenta con un groove super adictivo y un riff puterísimo que podría haber parido el mismísimo Joe Walsh.
La cosa es que espero con impaciencia su concierto del sábado a las 24:00 en Rockpública. Promete ser uno de los acontecimientos de la nueva temporada concertil post-estival, más si tenemos en cuenta que desde su formación en el 2003, Jaded Sun se han dejado la piel tocando en directo, llegando incluso a telonear a Bon Jovi y los patéticos Nickelback, que no sabrían lo que es el rock ni aunque Ritchie Blackmore les entorchase una Stratocaster up the ass.
La verdad es que, entre pitos y flautas (in between whistles and flutes), me espera un buen fin de año musical: Mr Big en Barakaldo, Jaded Sun, Gun, Dan Baird, Lady Dottie, Quireboys (mi segunda vez con Spike y cia) y Victoria Williams en Gijón (muérete de envidia alcalde Wino) amén del más que probable retorno de Gov´t Mule a los escenarios españoles en Noviembre presentando su nuevo trabajo “By a thread” en lo que sería la tercera vez que presencio la descarga de los chicos de Warren Haynes en directo. La verdad es que los que somos del rock en Asturias de un tiempo a esta parte no nos podemos quejar en lo que a visitas de bandas más underground se refiere.
Quizá haría falta que algún alma caritativa volviera a poner al Principado en el mapa de las grandes giras rockeras internacionales (Maiden, Springsteen, ACDC, Bon Jovi…); pero supongo que no se le pueden pedir peras al olmo en una región en la que 200.000 borreguinos se adocenan para ver a un tío dar vueltas a toda leche en su coche mientras que a todo un Paul MacCartney apenas van a verlo 15.000 (y el 30% de ellos gratis, encima). Cosas veredes amigo Sancho.
8 Sep
Deberíamos dedicar una sección a los componentes olvidados de nuestras bandas favoritas. En las mías los hay, imagino que en el resto de formaciones y grupos también.
Pero entre que se seccioniza y no, voy a hablar de mi componente favorito de U2. Curiosamente, mucha gente no sabe ni quién es. Porque están Bono, The Edge — “el novio de Bono“, “el tío al que se abraza Bono en los conciertos”, “el chaval del gorro”, “el de los ojos piquiñucos”… He oído de todo ya–, Adam Clayton –del que siempre se dice que casi se carga la banda por sus coqueteos y excesos con las sustancias prohibidas– y El Otro.
Es curioso. Me gustan bandas con líderes indiscutibles –así de pronto me salen R. E. M., The Killers, Editors, A-ha, Coldplay… Y habrá más– pero con esta me pasa una cosa de lo más extraña: siempre me he decantado por el chico del final del escenario. El Otro, al que yo llamo Larry Mullen Jr. –que es como se llama– siempre me ha parecido el mejor. Y es a él y a un anuncio que puso buscando músicos para su grupo, a quien debemos que U2 exista (Ya estoy oyendo a algunos decir “pues mejor se hubiera dedicao a la Guinness“). Seguramente no sea el más destacado, ni el mejor batería del mundo mundial pero a mi es el que más me ha gustado toda la vida.
La suya es de lo más normal, por cierto. Nació un 31 de octubre –mismo día que mi hermana. Y Guti, la eterna promesa–, es de Dublín, empezó tocando el piano y con 9 añitos decidió que le gustaba más la batería. A los 14 salió de gira con un grupo y poco después decidió montar el suyo, para lo que puso un anuncio que contestaron Edge & company. Los ritmos y sonidos de la banda son responsabilidad suya –y de Adam– y cuando tocan Sunday Bloody Sunday o Where the streets have no name se luce, destacando sobre los demás. Siempre dice que Ramones y Elvis son sus favoritos y además de que tiene tres hijsos con su novia de toda la vida, también se sabe que le encantan las Harley Davidson. Y poco más, en realidad.
Hay una grabación de un concierto que U2 dio el 31 de diciembre de 1989 en Point Depot (Dublín) que me encanta porque Larry suena fenomenal. Y ahí tienen la mejor versión de Gloria. En un momento de la canción Bono les va presentando uno a uno dejando sus tres minutitos de gloria. Y ese momento en el que dice “detrás de Edge… Larry Mullen Jr.” todavía consigue emocionarme y ponerme los pelos de punta, a pesar de que lo he escuchado igual mil veces.
